“En las investigaciones financiadas
por la Industria, “no hay ningún científico que salga indemne”
Por Danny Hakim,
Sus
hallazgos sobre las abejas no fueron los que Syngenta esperaba.
La
gran Empresa productora de plaguicidas encargó a James Cresswell, un
experto en flores y abejas de la Universidad de Exeter, Inglaterra,
que estudiara por qué muchas de las colonias de abejas del mundo
estaban desapareciendo. Empresas como Syngenta han culpado del
declive de las abejas a un pequeño ácaro, la varroa, en lugar de a
sus propios pesticidas.
El
Dr. Cresswell también fue un científico que mostraba escepticismo
en torno a las preocupaciones planteadas por los plaguicidas, e
incluso por el alcance de las muertes de las abejas. Pero su
investigación inicial de 2012 vino a cambiar su percepción de este
problema y la incidencia de la varroa. Así que la Empresa, con sede
en Suiza, comenzó a presionarlo para que considerara nuevos datos y
diese un enfoque diferente a su investigación.
Haciendo
un repaso de sus relaciones con la Empresa, el Dr. Cresswell dijo en
una reciente entrevista que “Está claro que Syngenta tenía una
Agenda”. En un correo
electrónico resumió esa Agenda: “Es la varroa,
estúpido”.
Para el Dr. Cresswell, un hombre de 54
años de edad que usa unos Birkenstock, la incursión en la
investigación financiada por la Industria le ha supuesto una crisis
personal. Algunos de sus colegas le han condenado al ostracismo.
Incluso su esposa y sus hijos dudaron de él.
“No
podían creer que hubiese aceptado el dinero. Se imaginaron que iba a
estar sometido a una gran presión y que eso me haría ceder”, dijo
de su familia.
El
uso en propio beneficio de la investigación científica está bien
documentado en los campos de las bebidas
azucaradas y de los productos farmacéuticos. Pero es raro el
caso de un científico que hable de las relaciones con las
Corporaciones y las expectativas que acompañan a esas relaciones.
Una
revisión de la estrategia de Syngenta muestra
que la experiencia del Dr. Cresswell encaja con las prácticas
utilizadas
por otras Corporaciones, tales
como Monsanto y la Industria Agroquímica. Los científicos
financiados por la Industria suelen obtener unos resultados
favorables a las Empresas, mientras que los Departamentos
Universitarios de investigación apoyan a las Corporaciones. Las
Universidades y las Agencias de Regulación sacrifican su autonomía
mediante la firma de acuerdos de confidencialidad. Y los
investigadores muy a menudo actúan
como consultares pagados por la Industria.
En
Gran Bretaña, Syngenta
ha construido un red con investigadores y responsables de las
Agencias de Regulación, incluso reclutando al científico más
destacado del Gobierno en la cuestión de las abejas. En los Estados
Unidos, Syngenta ha
pagado a científicos tales como James W. Simpkins, de la Universidad
de West Virginia, cuyo trabajo ha ayudado en la evaluación de
riesgos de sus productos. No sólo las investigaciones del Dr.
Simpkins han sido financiadas por Syngenta, sino que también actúa
como consultor para la Empresa, a razón de 250 dólares la hora. Y
se asoció con un Ejecutivo de Syngenta
para crear una empresa de consultoría, según los correos a los que
ha podido acceder The New York Times.
El
Dr. Simpkins no ha querido hacer comentarios. Un portavoz de la
Universidad de West Virginia
dijo que su trabajo de consultoría “lo puede realizar
gracias a sus 42 años de experiencia en la neuroendocrinología
reproductiva”.
Pero
los científicos que se cruzan con la Industria pueden mostrar su
desacuerdo con ella. Es el caso de la científica Angelika
Hilbeck, investigadora del Instituto Federal Suizo de
Tecnología, en Zurich. La
Industria viene criticando desde hace tiempo sus investigaciones, y
ella se mantiene firme en sus posiciones.
Volviendo
a la década de 1990, su investigación descubrió
que el maíz modificado genéticamente, diseñado para matar a los
insectos que se alimentan de la planta, podría dañar también a los
insectos beneficiosos. Por aquel entonces, Syngenta
todavía no se había fundado, pero dijo que uno de las empresas
predecesoras, Ciba-Geigy,
intentó silenciar su investigación haciendo referencia a un acuerdo
de confidencialidad que había firmado con su empleador, un centro de
investigación del Gobierno suizo llamado Agroscope.
Los
acuerdos de confidencialidad se han vuelto algo rutinario. El
Departamento de Agricultura
de los Estados Unidos (USDA)
ha firmado más de 43 acuerdos de confidencialidad con Syngenta,
Bayer y Monsanto desde
principios de 2010, lo que se ha sabido gracias a una solicitud de
la Ley de Libertad de Información.
Agroscope firmó otros
cinco acuerdos con Empresas agroquímicas
suizas.
Muchos
de los acuerdos ponen de relieve cómo las Agencias de Regulación
actúan más como colaboradoras que como vigilantes, realizando
investigaciones conjuntas
y estableciendo acuerdos de patentes que mantienen en secreto.
Un
acuerdo entre la USDA y Syngenta,
que tenía un plazo de confidencialidad de cinco años, abarcaba
desde “actividades de investigación y desarrollo”
hasta “procesos de
fabricación.. e información financiera y de marketing relacionados
con la protección de los cultivos y las tecnologías de las
semillas”. A un científico
del Gobierno incluso se le impidió divulgar información que había
escuchado en un Simposio financiado por Monsanto.
El
Departamento de Agricultura,
en un comunicado, dijo que sin tales acuerdos y asociaciones “la
gente no se beneficiaría de muchas soluciones tecnológicas”,
agregando que los resultados de las investigaciones fueron dados a
conocer “objetivamente sin la inapropiada influencia de
socios internos o externos”.
Luke
Gibbs, portavoz de Syngenta,
que ahora está en proceso de adquisición por parte de la
empresa china National
Chemical Corporation, dijo en un
comunicado: “Estamos orgullosos de las colaboraciones y
asociaciones que hemos construido”.
“Todos
los investigadores con los que nos asociamos tienen libertad para
expresar sus opiniones públicamente con respecto a nuestros
productos y enfoques. Syngenta no presiona a los investigadores para
que obtengan unas determinadas conclusiones y permite la libertad e
independencia de los trabajos encargados de investigación “.
Pero si echamos un vistazo a las
experiencias de tres científicos, el Dr. Creeswell, el Dr. Simpkins
y la Dra. Hilbeck, se revelan las formas en que las Empresas
Agroquímicas moldean el pensamiento científico.
Un socio reacio
Para James Cresswell, aceptar dinero de
Syngenta no fue una decisión fácil.
El Dr. Cresswell ha sido investigador en
la Universidad de Exeter, situada en el suroeste de Inglaterra, donde
ha trabajado durante un cuarto de siglo, explorando sobre todo la
reproducción de las plantas, en trabajos como “Los conos
ovulados de las coníferas acumulan polen principalmente por simple
retención”. No estaba acostumbrado a los titulares de la
Industria.
Pero hace aproximadamente 5 años se
interesó por el debate en torno a los plaguicidas neonicotinoides,
una clase de pesticidas derivados de la nicotina y sus efectos sobre
la salud de las abejas. Muchos estudios han establecido una relación
entre estos productos químicos y el colapso de las colonias de
abejas. Otros estudios, muchos de ellos respaldados por la Industria,
han señalado al ácaro varroa como el responsable, y algunos han
visto a ambos factores en juego.
La investigación inicial de Dr.
Creeswell le llevó a pensar que las preocupaciones sobre los
pesticidas eran exageradas. En 2012, Syngenta se ofreció para
financiar más investigaciones.
Aunque muchos investigadores no han
atendido la solicitud de The Times para hablar de sus
relaciones con Syngenta, el Dr. Creeswell no cuestionó
nuestra solicitud enviada a su Universidad. Y habló con sinceridad.
“Lo última cosa que quisiera hacer
es meterme en la cama con Syngenta. No soy un fanático de la
Agricultura Intensiva”, dijo
el Dr. Cresswell.
Pero rechazar la financiación de una
investigación es difícil. El Gobierno británico clasifica a las
Universidades según la utilidad de sus trabajos para la Industria y
la sociedad, de como que las subvenciones que reciben del Gobierno
están relacionadas con sus evaluaciones.
“Mi Universidad me presionó
sobremanera para que aceptara esa financiación. Es como ser el mejor
vendedor ambulante y tener el mejor mercado de ventas posible y
decirle al jefe, “No, no voy a realizar esas ventas”. Realmente
no puedes hacer eso”.
La cuestión se planteó pronto en la
casa del Dr. Cresswell.
“Mi madre y yo le dijimos: “¡Cómo
que vas a aceptar ese dinero!” No es que hubiera una discusión,
pero el ambiente se caldeó bastante, Sólo le dijimos: “No lo
hagas”, dice su hija Fay, ahora estudiante universitaria de 21
años de edad recordando la conversación que tuvo lugar.
Duncan Sandes, un portavoz de la
Universidad de Exeter, se negó a hablar de las subvenciones
específicas destinadas a investigación, aunque dijo que hasta el
15% de la investigación universitaria de Gran Bretaña estaba
financiada por la Industria: “Los patrocinadores de la Industria
son conscientes de que se realizará una evaluación independiente,
honesta y desapasionada”, dijo Sandes.
Pero el grado de independencia está en
duda.
El Dr. Cresswell y Syngenta
redactaron una lista con las ocho posibles cusas de las muertes de
las abejas para su investigación. Discutieron los pormenores de la
financiación. Revisaron el personal ayudante de la investigación.
El Dr. Cresswell pidió permiso a Syngenta para investigar
siguiendo otras hipótesis, preguntando en un determinado momento:
“Por favor, ¿pueden confirmarme si ustedes están contentos con
la dirección que está tomando actualmente nuestro trabajo?”.
Pero también algunas veces dio marcha
atrás. Un correo electrónico de Syngenta dirigido a la
Universidad decía que el Dr. Cresswell “tendrá completo
control editorial “, pero en otro correo el Dr. Cresswell
expresó su preocupación por una cláusula de confidencialidad “que
concedía a Syngenta el derecho a silenciar los resultados. No estoy
contento al trabajar bajo una cláusula que impide la libertad de
movimientos”. Dice que finalmente esta cláusula quedó
reducida a un período de sólo unos meses.
Los neonicotinoides están actualmente
sometidos a una moratoria en la Unión Europea. Un
reciente estudio del Centro de Ecología e Hidrología de
Gran Bretaña atribuye a los plaguicidas la desaparición de al menos
el 20% de muchos tipos de abejas silvestres.
Syngenta y otras empresas sostienen que
la responsabilidad de la desaparición de las abejas es una
enfermedad denominada varroasis, que se propaga por el ácaro varroa.
El Bayer Bee Care Center en Alemania incluye esculturas
amenazadores de estos pequeños ácaros.
Pero la investigación inicial del Dr.
Cresswell para Syngenta no apoyaba las tesis de la varroasis.
“Estamos descubriendo que es bastante improbable que la
varroasis sea la responsable de la disminución de la población de
abejas”, escribió a Syngenta en el año 2012.
Un Ejecutivo escribió de nuevo
sugiriendo al Dr. Cresswell que mirase los datos más detenidamente
en lugar de observar las tendencias más amplias de las poblaciones
de abejas. ¡Quizás nos pueda llevar a respuestas diferentes!”.
En las semanas posteriores, la Empresa
pidió de manera reiterada al Dr. Cresswell que volviera a enfocar su
evaluación de la varroa. En otro correo electrónico, el Ejecutivo
le dijo al Dr. Cresswell: “También resultaría interesante
considerar a la varroa como un posible factor de incremento” en
aquellos países donde podría haber jugado un importante papel en la
pérdida de abejas.
En el mismo correo electrónico,
siguiendo con el mismo asunto sobre el “Informe sobre la
varroasis”, se pedía al Dr. Cresswell que examinara los
cambios producidos en Europa en lugar de hacerlo en todo el mundo. El
Dr. Cresswell estuvo de acuerdo y dijo: “Tengo algunas otras
perspectivas para evaluar más adelante sobre el tema de la
varroasis”.
Al cambiar los parámetros, el ácaro
varroa se convirtió en un factor significativo: “Estamos
considerando seriamente que la varroasis podría tener un fuerte
impacto a gran escala en la pérdida de las colonias”, escribió
el Dr. Cresswell en enero de 2013. Un correo electrónico posterior
incidía en la misma idea que apoyaba la tesis de la varroa.
El Sr. Gibbs de Syngenta dijo: “Hemos
discutido y definido la dirección de la investigación con el
objetivo de focalizar el objeto pertinente de investigación. No
hemos minado la independencia del Dr. Cresswell al dictarle un
enfoque de evaluación de los ocho factores acordados con él, ni
restringido cualquiera de las conclusiones que posteriormente
obtuvo”.
Dicho esto, Syngenta se convirtió
en cliente y el Dr. Cresswell en el prestador del servicio.
Recordando lo ocurrido, el Dr. Cresswell
dijo que si bien pensaba que las preocupaciones por la incidencia de
los pesticidas eran exageradas, diferentes aspectos de su
investigación estuvieron inevitablemente influenciados por la
naturaleza de la relación.
“Sería algo así como decir que
Syngenta tenía una influencia sobre mí. No puedo negar que no la
tuvieran. No es que hubiese una connivencia entre ambas
partes, pero influyeron en los resultados del estudio”.
Para el Dr. Cresswell, la relación con
Syngenta se convirtió en una carga. Los ecologistas lo veían
como un adversario y su conexión con la Industria se convirtió en
objeto de artículos periodísticos. Cuando fue llamado para dar su
testimonio en el Parlamento, Dave Goulson, profesor de Biología de
la Universidad de Sussex, se sentó a su lado. El Dr. Goulson comparó
las prácticas de la Industria Agroquímica con la Industria del
Tabaco, que negó durante mucho tiempo los perjuicios del tabaco.
Algunas personas prosperan en medio de
las controversias; el Dr. Cresswell no.
“Me dolió más de lo que llegué a
admitir en aquel momento. Todo ocurrió muy rápido”, dijo.
Se
produjo una ruptura y dijo que empezó a sentir que “era
prácticamente incompetente”, que
su trabajo era un desastre. Terminó dejando el trabajo durante
varios meses. Aunque presentó públicamente sus investigaciones,
nunca se
publicaron.
En
una entrevista, el Dr. Goulson dijo: “Conozco a James
desde hace mucho tiempo y siempre pensé que era una persona en quien
se podía confiar. No hay forma de salir bien parado.
Si su investigación está financiada por la Industria, la gente
empieza a sospechar de su investigación. Si no está financiada, se
le acusa de ser un ecologista abrazando un árbol. No
hay científico que salga de este
embrollo indemne”.
Actualmente el Dr. Cresswell ha regresado
a áreas de investigación de las abejas menos controvertidas. Dice
respetar a los científicos que conoció en Syngenta, pero
considera que la colaboración con la Industria es un negocio
fáustico.
Ha calificado a Syngenta como una
especie de diablo:
“De lo que no me di cuenta es que la
confraternización con ellos influiría en la forma con que el
mundo me vería como científico. Ese fue el lado negativo de mi
decisión”.
Una relación enrevesada
Si algunos científicos tratan de
justificar el dinero recibido de la Industria para la financiación
de sus investigaciones, otros aceptan unas relaciones comerciales
complejas.
James W. Simpkins, profesor de la
Universidad de West Virgina y Director de su Centro de
Investigación Básica y Translational Stroke Research, es uno de
los muchos investigadores externos a los que Syngenta se ha dirigido
para realizar investigaciones.
Se ha centrado en un producto fabricado
por Syngenta, la atrazina, el segundo herbicida más popular
en los Estados Unidos, muy utilizado en el césped y los cultivos, y
ha realizado investigaciones conjuntamente con científicos de
Syngenta.
La atrazina, prohibido en la Unión
Europea, también es objeto de polémica en los Estados Unidos.
Syngenta que embarcó en una campaña
para desacreditar a Tyrone B. Hayes, un profesor de la
Universidad de California, Berkeley, al que financió, hasta que
descubrió que la atrazina cambiaba el sexo de las ranas.
El Dr. Simpkins ha tenido una relación
diferente con la Empresa. En el año 2003, representó a Syngenta
ante las Agencias de Regulación, diciendo que “no podemos
identificar ningún mecanismo biológicamente plausible por el cual
la atrazina provoque un aumento en los cánceres de próstata”.
El Dr. Simpkins también fue el autor
principal de un estudio del año 2011 que no encontró evidencias de
que la atrazina causase cáncer de mama. Y el año pasado, formó
parte de un pequeño equipo de científicos respaldados por Syngenta
que luchó contra un movimiento de California que exigía que la
atrazina fuese vendida con una etiqueta de advertencia.
Recientemente, ha publicado una serie de artículos sobre la atrazina
para Syngenta, que recibió elogios por parte de un
investigador de la Empresa, Charles Breckenridge, quien escribió en
un correo electrónico que los “los artículos cuentan una
historia sencilla pero convincente”.
Los estrechos lazos financieros entre el
Dr. Simpkins y Syngenta se establecieron a través de casi
2000 páginas de correos electrónicos, que han sido obtenidos por
The Times siguiendo una solicitud de la Ley de Libertad de
Información (FOIA). No sólo el Dr. Simpkins recibe subvenciones
para sus investigaciones, sino que la Empresa también le paga 250
dólares a la hora como consultor en paneles de expertos, estudios y
manuscritos,, según muestran los registros. Syngenta incluso
pidió al Dr. Simpkins que contribuyera en la revisión anual del
trabajo del Dr. Breckenridge.
Pedir a un investigador de fuera que
contribuya a las revisiones corporativas no es algo inusual. Sin
embargo, el Dr. Simpkins también se describe en los correos
electrónicos como socio de la empresa creada por el Dr.
Breckenridge denominada Quality Scientific Solutions, una
empresa de consultoría sobre pesticidas y otros asuntos.
En el sitio web de la Universidad de
West Virginia (WVU) se dice que “las investigaciones
llevadas a cabo en la WVU están basados en datos, son objetivas e
independientes y no influenciadas por ninguna agenda política o
prioridad comercial o por la fuente de financiación”. John A.
Bolt dijo que todas las investigaciones del Dr. Simpkins relacionadas
con Syngenta fueron realizadas antes de que llegara a la
Universidad de West Virginia en el año 2012.
Pero una revisión del trabajo publicado
por el Dr. Simpkins muestra que fue coautor de estudios favorables a
la atrazina con científicos de Syngenta en 2014 y 2015, que
recogió en su afiliación universitaria. El Dr. Bolt dijo que el Dr.
Simpkins sólo “sirvió como experto asesor” en los
citados estudios.
En el año 2014, Syngenta hizo una
donación de 30.000 dólares a la fundación de la Universidad. El
Sr. Bolt dijo que tal donación se realizó “como apoyo general
a las actividades de investigación del Dr. James W.
Simpkins. Ninguna parte de ese dinero fue utilizada
para apoyar las investigaciones relacionadas con Syngenta”.
Las colaboraciones del Dr. Simpkins con
el Dr. Breckenridge parecen ir en aumento. En un correo electrónico
enviado al Dr. Simpkins, el Dr. Breckenridge le envió un estudio
sobre la Dieta Mediterránea y sugirió la utilización de una
empresa multinivel que les ayudase en la venta de un producto propio.
“Si encontrásemos un Aceite de
Serpiente mejor tendríamos acceso a una enorme fuerza de marketing”,
le escribió al Dr. Simpkins.
Un
crítico y un objetivo
Algunos científicos no trabajan para la
Industria. Ese puede ser un difícil camino.
Angelika
Hilbeck trabajó
para Agroscope,
un centro suizo de investigación agrícola en la década de 1990, y
se ocupó de estudiar el maíz modificado genéticamente. Este maíz
fue diseñado para matar las larvas de los insectos que se
alimentaban de él, pero la Dra. Hilbeck encontró que era tóxico
para una insecto denominado crisopa, un insecto útil contra las
plagas.
![]() |
|
Crisopa,
un insecto beneficioso.
|
Ciba-Geigy,
una empresa predecesora de Syngenta, tenía un acuerdo de
confidencialidad con Agroscope, e insistió en mantener la
investigación en secreto. Los acuerdos de confidencialidad no son
inusuales para Agroscope. En uno de esos acuerdos obtenidos
por The Times, la Agencia acordó devolver o destruir los
documentos que recibiese como parte de un proyecto de investigación.
La
Dra. Hilbeck se negó a dar marcha atrás y publicó finalmente su
trabajo. No se le renovó su contrato en Agrocope. Un portavoz
de Agroscope dijo que tal episodio ocurrió hace demasiado
tiempo como para hacer comentarlo ahora.
La
Dra. Hilbeck continuó trabajando como investigadora universitaria y
fue sustituida en Agroscope por Jörg Romeis, un científico
que había trabajado en Bayer y que desde entonces ha sido
coautor de investigaciones con los empleados de Syngenta, DuPont
y otras Empresas. Ha pasado buena parte de su vida intentando
desacreditar el trabajo de la Dra. Hilbeck. También ha realizado
trabajos sobre la crisopa, encontrando que los cultivos modificados
genéticamente no producen daños a este insecto.
Después
de que la Dra. Hilbeck fuera coautora de un documento que describía
un modelo para evaluar los riesgos no intencionales de tales
cultivos, el Dr. Romeis fue autor principal de un estudio alternativo
con un científico de Syngenta, que aparece como coautor.
En
el año 2009, la Dra. Hilbeck fue coautora de un artículo en el que
se analizaban los riesgos
que suponían para las larvas de las mariquitas los cultivos
modificados genéticamente. En publicaciones posteriores, se hacía
referencia al trabajo de la Dra. Hilbeck como malas prácticas
científicas y como mito.
“Se
convirtieron en mis acosadores: todo lo que hacía lo echaban por
tierra”.
En una entrevista, el Dr. Romeis, que
ahora es jefe de un grupo de investigación sobre seguridad biológica
en Agroscope, dijo: “Su trabajo no afecta de ninguna
manera a nuestra misión”, agregando que la idea de investigar
los efectos de los cultivos modificados genéticamente no es algo de
su exclusiva incumbencia.
Mediar en una disputa científica es
arriesgado. Pero el Dr. Romeis y sus colaboradores parecían
preocuparse por el trabajo de la Dra. Hilbeck, a juzgar por el
contenido de los correos electrónicos intercambiados entre
Agroscope y la USDA, obtenidos por The Times después de
una solicitud mediante la Ley de Libertad de Información.
En el año 2014, cuando el Dr. Romeis
estaba redactando un artículo sobre el trabajo de la Dra. Hilbeck,
un científico de la USDA, Steven E. Naranjo, bromeaba en un mensaje
dirigido al Dr. Romeis: “Joerg, es muy generosa con usted al ver
que Hilbeck publica de vez en cuando :)”.
La Dra. Hilbeck está acostumbrada a
hacer la vista gorda: “No deberíamos encontrarnos todo tipo de
obstáculos y enfrentarnos a este acoso integral haciendo lo que se
supone que debemos hacer. Este campo está totalmente descompuesto”.
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