El trabajo, liderado por Melina Alvarez, denuncia la presencia desmesurada del agrotóxico en el agua. Esta sustancia pone en peligro la vida de las especies acuáticas, el medioambiente y las personas.
Por Pablo Esteban
El clorpirifos es un insecticida utilizado para el control de numerosos insectos plaga en cultivos de soja, maíz, trigo y cebada. Goza de buena circulación aunque constituye una auténtica amenaza para la salud humana. El tóxico –comercializado para su empleo masivo, así como también para uso domiciliario y veterinario– puede desencadenar desde incoordinación motora hasta muerte por asfixia, aunque a niveles supuestamente “inofensivos” ocasiona retraso en la maduración embrionaria, deterioro del crecimiento y de la reproducción, cambios comportamentales y neurológicos, deformidades y mortalidad a largo plazo. Precisamente, por ello fue prohibido en EEUU y en muchos países de Europa. Un trabajo de investigadores argentinos publicado en la revista del rubro “Environmental Toxicology and Chemistry” comprobó que el agua de Claromecó y Tres Arroyos (Buenos Aires) contiene niveles de la sustancia muy por encima de lo recomendado. Melina Alvarez, doctora en Biología y docente-investigadora en la Universidad Nacional de Hurlingham y en la Universidad Nacional de Moreno, que participó en el trabajo, conversó con Página|12.