Las
ciudades inteligentes o de alta tecnología prometen eficiencia al
controlar todo, desde los contenedores de basura hasta los puentes,
pero ¿qué pasaría si diésemos marcha atrás y adoptásemos otras
más sencillas?
Por
Amy Fleming, 15 de enero de 2020
Desde
que los teléfonos inteligentes nos engancharon con sus posibilidades
ilimitadas y el aumento de los niveles de dopamina, los alcaldes y
burócratas de las ciudades no se cansan de esa idea de administrar
las ciudades de manera inteligente. Esto hace que parezcan dinámicas
y atractivas para los negocios. ¿Qué es lo que no nos gusta de los
"genios" que racionalizan sus competencias en materia de
gestión de servicios, optimizan la eficacia y mantienen a los
ciudadanos protegidos con un montón de aplicaciones prácticas?
No
existe una definición concreta de ciudad inteligente, pero las
versiones de alta tecnología auguran el uso de cámaras y sensores
para supervisar todo y a todos, desde las papeleras hasta los
puentes, y utilizar los datos resultantes para ayudar a que la ciudad
funcione sin problemas. Una propuesta de la empresa hermana de
Google, Sidewalk Labs, para dotar a un área de Toronto de un cambio
de imagen inteligente se enfrenta a una enorme oposición. En
septiembre, un informe independiente calificó los planes de
"tremendamente abstractos"; a su vez, el inversor
estadounidense Roger McNamee advirtió que no se puede confiar en
Google con tales datos, calificando el proyecto de "capitalismo
de control".
También
hay consideraciones prácticas, como ha destacado Shoshanna Saxe de
la Universidad de Toronto. Las ciudades inteligentes, escribió en el
New York Times en julio, "serán extremadamente complejas de
gestionar, con todo tipo de vulnerabilidades impredecibles". Los
productos tecnológicos envejecen rápidamente: ¿qué sucede cuando
los sensores fallan? ¿Y pueden las ciudades permitirse nuevos y
costosos equipos de técnicos, así como mantener al resto de
empleados que aún se necesitarán? "Si los datos inteligentes
identifican una carretera que necesita ser asfaltada", escribe,
"todavía hace falta gente que acuda a reparar el asfalto y
pasar una apisonadora".
Saxe
dice que debiéramos redirigir nuestras energías hacia la
construcción de “ciudades tontas”, porque cree que las ciudades
inteligentes son innecesarias: “Frente a los desafíos a los que
nos enfrentamos no necesitamos nuevas tecnologías o nuevas ideas,
necesitamos la voluntad y el coraje de usar lo mejor de las viejas
ideas”.
Tiene
razón, y de hecho podríamos ir un poco más allá. Las ciudades son
cada vez más vulnerables a las inundaciones y las adversidades del
clima, las enormes emisiones de carbono, la contaminación del aire y
una cada vez mayor desconexión entre el hombre y la naturaleza, dan
razones para ir hacía las formas antiguas de construcción.
Es
posible recuperar conocimientos antiguos para vivir simbióticamente
con la naturaleza antes de que esos conocimientos se pierdan para
siempre. Es necesario reconstruir las ciudades aplicando soluciones
ecológicas de baja tecnología para hacer frente al tratamiento de
las aguas residuales, hacer frente a las inundaciones, favorecer una
agricultura local y frente a la contaminación, algo que los pueblos
indígenas han empleado durante miles de años sin necesidad de
sensores electrónicos, servidores informáticos u otra tecnología
adicional.
Julia
Watson, profesora de diseño urbano en las universidades de Harvard y
Columbia, publicó recientemente un libro titulado “El
poder de Lo-Tek: Un estudio global de las innovaciones
arquitectónicas indígenas”, de la editorial Taschen. Este
libro es el resultado de más de 20 años de viajes para investigar
asentamientos que si son originales a través de la visión de una
arquitecta.
Visitó
el pueblo Ma’dan en Irak que construye sus edificios e islas
flotantes con juncos; el pueblo Zuni en Nuevo México que fabrica
“jardines de wafles” para desviar el agua, almacenarla y luego
utilizarla en los cultivos del desierto; y las terrazas de arroz
subak de Bali. Watson atravesó puentes hechos con raíces de árboles
que soportan los climas adversos mejor que cualquier otra estructura
fabricada por el hombre y que permiten a la tribu de la colina Khasi
del norte de la India ir de una aldea a otra durante el período de
inundaciones de los monzones.
“Hay
maneras diferentes de reconstruir las ciudades”, dice Watson, y
no se trata de reconstruir un sistema antiguo en una ciudad sino
adaptar ecosistemas complejos a diferentes lugares con sus propias
características. Consideremos por ejemplo la propuesta actual en la
que está trabajando, la ciudad de Shenzen en el estuario del río
Pearl, que conecta Hong Kong con el territorio continental. En otro
tiempo fue un pueblo de pescadores, luego una ciudad textil, y de
repente se produjo un estallido en su crecimiento. “Los
estanques de peces y pólders, diques y humedales, todos están
desapareciendo. La ciudad se está desarrollando de una manera que
está borrando la resistencia indígena en este territorio”.
Pero
no hay por qué acabar con lo anterior para avanzar: “Se puede
avanzar considerando los saberes locales, utilizando la tecnología
tradicional china que se basa en una resistencia frente a las
condiciones climáticas, respetando la ecología y la
cultura existente. Se pueden crear hermosos espacios urbanos de esta
manera”.
Kongjian
Yu, profesor de diseño en la Universidad de Pekín, está de acuerdo
con esta forma de pensar. Conocido como el arquitecto de las
“ciudades
esponja”, crea espacios urbanos que absorben el agua de lluvia
utilizando pavimentos permeables, tejados verdes y parques con
humedales en terrazas que se inundan durante los monzones. Si estos
humedales se encuentran río arriba servirán como amortiguamiento,
evitando las inundaciones en la ciudad.
Los
parques ha atraído a los pájaros a las ciudades y hay peces en los
estanques, y a la gente le encanta, dice Yu. Señala que los
proyectos “están funcionando bien y muchos de ellos ya han sido
probados durante más de 10 años, y se pueden replicar en otras
partes del mundo”. Este mes ha visitado Bangladesh,
irónicamente para participar en un proyecto de “ciudad
inteligente”, pero ha convencido al primer ministro de que la
naturaleza es inteligente y los saberes antiguos nos hablan de cómo
podemos vivir con la naturaleza de una manera inteligente.
Copenhague
también ha optado por una solución tonta, o como lo llaman los
planificadores locales, “una solución verde y azul” ante los
crecientes riesgos de inundaciones: una serie de parques que pueden
convertirse en lagunas durante las tormentas. Se estimó que eso
costaría un tercio menos que construir diques y un nuevo
alcantarillado. Un sitio militar abandonado se limpió en 2010 y se
reconvirtió en una reserva natural, el Amager Nature Center, un
vasto parque en el que no sólo hay personas andando o con bicicleta,
sino insectos, anfibios, aves y venados.
Pero
las ciudades tontas pueden ser más inteligentes que todo lo que se
ha dicho hasta ahora. Los humedales no sólo pueden proteger a la
ciudad frente a las inundaciones y respetar la naturaleza, sino que
también puede limpiar las aguas residuales de una manera más
eficiente que los trabajos de tratamiento de agua residuales,
mientras se absorben grandes cantidades de carbono, nitrógeno,
azufre y metano, desarrollando una industria pesquera y tierras
fértiles de cultivo. No se requiere de agua, ni de energía, ni de
productos químicos para el tratamiento o el alimento de los peces.
El mayor sistema de este tipo en el mundo se encuentra en
el este de Calcuta, la India, donde las aguas residuales
alimentan a los peces, lo cual ahorra a la ciudad unos 22 millones de
dólares al año en costes de funcionamiento de una planta de
tratamiento de residuos. El agua puede usarse para riego, ahorrando
500.000 libras adicionales en coste de aguas y fertilizantes,
permitiendo que gran parte de los alimentos de la ciudad se cultiven
localmente.
A
medida que crece el nivel de los mares en todo el mundo, podemos
aprender de Makoko, Nigeria, la ciudad situada sobre pilotes, que
alberga a unas 80.000 personas. Su
escuela flotante, sostenible y alimentada con energía solar,
sorprende a cualquiera. Rotterdam ya ha construido un bosque flotante
y una granja, y está desarrollando planes para una ciudad flotante
sostenible.
En
cuanto al transporte tonto no cabe duda de que caminar o andar en
bicicleta es mejor que hacerlo en coche en distancias cortas dentro
de la ciudad: cero contaminación, cero emisiones de carbono y
ejercicio sin pagar.
Y
hay una solución tonta frente al uso del aire acondicionado, que
consume grandes cantidades de energía: más plantas. Un estudio
realizado en Madison, Wisconsin, descubrió que la temperatura urbana
puede descender un 5% con un 40% más de superficie arbolada. Los
tejados verdes con alta densidad de vegetación pueden enfriar los
edificios hasta en un 60%. Por otra parte, los arquitectos están
estudiando los flujos de aire de los nidos de las termitas. El Centro
Eastgate de 350.000 pies cuadrados en la capital de Zimbabwe, Harare,
construido en 1990, todavía es un modelo de aire acondicionado
tonto: todo lo que se necesita son ventiladores que consumen la
décima parte de la energía de los edificios anexos.
Unas
simples pareces y unos cuantos árboles no lograrán mucho. Watson se
dirige hacia la permacultura, ecosistemas autosostenibles: “Si
se trata de un bosque urbano tal vez esté en el centro de una
ciudad, o podría ser un ambiente interior, o un atrio diseñado para
albergar un ecosistema complejo, pero también agrícolamente
productivo”.
Hay
cientos de tecnologías aparentemente sencillas que todavía no se
han explorado. Por ejemplo, Watson imagina usos urbanos para esos
imponentes puentes de raíces vivas de la tribu de la colina Khasi:
“Se podrían utilizar para reducir el aumento de la temperatura
en la ciudad creando una cobertura en dosel a lo largo de las calles
e integradas en la arquitectura ya existente, eliminando la
distinción entre árbol y edificio”. Incluso se podría
conservar su uso original durante las inundaciones estacionales:
vivir, puentes sobre el agua.
[…]
La
idea de ciudad inteligente nace de lo que Watson describe como
“complejo de superioridad humana que cree que la naturaleza debe
ser controlada”. Lo que falta es la simbiosis: “La vida en
la tierra se basa en la simbiosis”. Sugiere que reemplacemos el
dicho de “supervivencia del más apto “por supervivencia del más
simbiótico”. Quizás no sea tan pegadizo, pero si más
inteligente.
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