Sobre
el declive de las abejas y otros insectos
Por
Lee Fang, 18 de enero de 2020
En
septiembre del año 2009 más de 3000 apicultores de todo el mundo se
dieron cita en la ciudad del sur de Francia Montpellier para asistir
a la asamblea general de Apimondia (Federación Internacional de
Asociaciones de Apicultura), donde se dieron conferencias, se
hicieron demostraciones y se vendió miel. Pero unos negros
nubarrones se cernían sobre tal evento: el colapso de las colonias
de abejas en todo el mundo; miles de millones de abejas estaban
muriendo.
Ha
habido otros momentos en los que también se ha observado una
disminución del número de abejas, pero tal daño, repentino y
anormalmente alto no se había visto con anterioridad, de modo que
incluso el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos había
encargado un estudio a dos conocidos entomólogos, Dennis
vanEngelsdorp, inspector jefe de apicultura en Pensilvania, y Jeffrey
Pettis, que trabajaba como científico para el gobierno. Llegaron a
la conclusión de que debía haber una causa subyacente que
debilitase el sistema inmunológico de las abejas.
En
Le Corum, un centro de conferencias y teatro de la ópera, los dos
científicos presentaron sus hallazgos: habían alimentado a las
abejas con pequeñas cantidades de neonicotinoides,
una clase de insecticidas muy utilizados en todo el mundo. Los
neonicotinoides están destinados, claro, a acabar con los insectos,
pero se comercializan como seguros para aquellos otros insectos que
no están en la diana de dichos insecticidas. vanEngelsdorp y Pettis
encontraron que incluso en dosis no letales las abejas se hicieron
más vulnerables a las infecciones por hongos. A menudo las abejas
que sufren una infección abandonan la colmena como una forma para
proteger al resto del contagio.
“Expusimos
a varias colonias a niveles muy bajos de neonicotinoides y luego
introdujimos en esas mismas colonias un patógeno intestinal, unos
microorganismos del género Nosema y observamos un aumento, incluso a
niveles muy bajos de insecticidas, de los niveles de nosemiasis, una
respuesta directa a la ingestión de los neonicotinoides”, dijo
Pettis en el documental de Mark Daniels “La extraña desaparición
de las abejas”, proyectado en la conferencia de Apimondia.
Las
dosis de insecticida eran tan minúsculas, dijo vanEngelsdorp, que
“estaban por debajo de los límites de detección”. Sabíamos que
las abejas habían estado expuestas a los neonicotinoides porque
fuimos nosotros mismos los que se las proporcionamos.
La
salud de las abejas depende de múltiples factores los cuales actúan
de forma sinérgica, y que como científicos tuvieron en cuenta. Pero
en este estudio, dice Pettis, pudimos aislar “un insecticida y un
patógeno y ver claramente la interacción”.
Cada
vez había más evidencias. Poco después de que vanEngelsdorp y
Pettis anunciaran sus conclusiones, otros investigadores franceses
realizaron un estudio idéntico, alimentando a las abejas con
pequeñas cantidades del mismo insecticida, junto con un grupo de
control. Este estudio llegó al mismo punto al que habían llegado
los dos investigadores norteamericanos.
Las
pulverizaciones de neonicotinoides en los cultivos produjeron muertes
masivas de abejas en el norte de Italia y en la región
Baden-Württemberg de Alemania. Los estudios han demostrado que los
neonicotinoides desorientaban a las abejas y las impedín encontrar
alimentos, las debilitaron y se volvieron más propensas a ser
infectadas por parásitos, como los ácaros.
En
2013 la Unión Europea solicitó una moratoria de los neonicotinoides
por el peligro que suponían para las abejas, aprobándose su
prohibición permanente en el año 2018.
Sin
embargo en los Estados Unidos la industria presentó batalla
desacreditando las investigaciones y presentando a las empresas que
fabrican estos insecticidas como una solución al problema. Los
documentos de los grupos de presión y los correos electrónicos,
muchos de los cuales se han obtenido a través de la ley de libertad
de información, muestran unos complejos esfuerzos durante los
últimos diez años para obstaculizar cualquier impedimento en el uso
de los insecticidas neonicotinoides. Bayer y Syngenta, los mayores
fabricantes de neonicotinoides, han estrechado lazos con
investigadores, incluyendo a vanEngelsdorp, y otros científicos que
han denunciado el peligro que representan estos insecticidas.
Las
empresas también se dirigieron hacia los apicultores y las agencias
de regulación, se esmeraron en dar una buena imagen ante la opinión
pública. Estas empresas se lanzaron a crear nuevos lazos, erigir
fundaciones, hacer donaciones, todo ello con la pretensión de
desviar la atención de que el declive de los polinizadores fuese
responsabilidad de sus insecticidas.
“Presentar
a la industria como promotora activa en favor de las abejas y avanzar
en mejoras en las prácticas de gestión que destaquen la seguridad
de las abejas”, se decía en
un informe interno de CropLife America, el grupo de presión de las
mayores empresas de plaguicidas de Estados Unidos, entre las que se
encuentran Bayer y Syngenta. El objetivo de su proyecto en torno al
bienestar de las abejas era el de asegurar que las empresas
mantuvieran en el mercado los insecticidas neonicotinoides y otros
plaguicidas sistémicos.
El
informe de planificación, dirigido en parte por John Abbot, Jefe de
Regulación y Administración de Syngenta, diseña una serie de
estrategias para promover los intereses de la industria de los
plaguicidas,
como por ejemplo: “Que la
EPA (Agencia de Protección
Ambiental de los Estados Unidos)
explique el tamaño y la amplitud de su programa de pruebas en los
insectos polinizadores”; “anticiparse a las posibles preguntas
que en los medios de comunicación se hagan sobre los polinizadores”;
“minimizar la asociación negativa entre los productos de
protección de los cultivos y los efectos sobre los polinizadores”.
Este documento, que tiene fecha de junio de 2014, realiza un
llamamiento para “llegar a los investigadores que pueden actuar
como validadores independientes”.
Las
empresas que fabrican herbicidas, fungicidas, insecticidas… han
empleado una amplia variedad de estrategias para lavar su imagen.
“El
corazón de América” una serie de la televisión pública de
los Estados Unidos (PBS), suscrita por CropLife America, en
un capítulo de 2013 presentaba
la disminución de los polinizadores como un misterio, sin mencionar
los insecticidas y el presentador dijo que “los expertos no están
seguros de por qué” las abejas y las mariposas están
desapareciendo.
En
un capítulo del año 2015 ya se mencionan los insecticidas como
posibles factores del colapso de las abejas. Una representante del
“North American Bee Care Program”, Becky Langer, apareció en el
programa para hablar de las “insólitas plagas que pueden afectar a
las abejas”. En el citado programa no se menciona que Langer sea
portavoz de Bayer, recalcando las consecuencias de la controversia en
torno a las abejas.
Michael
Sanford, que produce “El corazón de América”, dirigió un
correo a The Intercept en el que decía que “de acuerdo con las
estrictas normas editoriales de la PBS y con las nuestras” los
patrocinadores del programa no influyen en la línea editorial del
mismo.
La
publicidad de Bayer, diseñada para presentar a la empresa como líder
en la protección de la salud de las abejas, elaboró un espectáculo
que recorrió distintos lugares del país y en el que Bayer entregaba
en una ceremonia grandes cheques a apicultores y estudiantes del
lugar visitado. La empresa tiene una página web de gran calidad en
la que se promociona la salud de las abejas y señala que patrocina a
varias asociaciones de apicultores. También ha
financiado una serie de anuncios en los que presenta a personas
temerosas de que los insecticidas dañen a otros insectos distintos a
los que va dirigido el producto como trastornados teóricos de la
conspiración.
“La
publicidad de Bayer está
diseñada para presentar a la empresa como líder en la protección
de la salud de las abejas”
Las
abejas melíferas han captado casi toda la atención de los peligros
de los insecticidas neonicotinoides, pero no se trata de la única
especie en peligro a causa de este producto químico. Otras formas de
amenaza han quedado relegadas.
El
personal de relaciones públicas de CropLife America ha compilado
una lista de términos para incluir en los resultados de los motores
de búsqueda y en la que se incluyen palabras como “neonicotinoides”,
“polinizadores” y “neónicos”. Una empresa consultora,
Paradigm Communications, subsidiaria del gigante de las relaciones
públicas Porter Novelli, ha ayudado también en este esfuerzo para
cambiar la forma en que los pesticidas son presentados en los
resultados de los motores de búsqueda.
Una
diapositiva preparada por Paradigm Communications muestra los empeños
para que los
resultados de búsqueda de Google no relacione el colapso de las
abejas con los insecticidas neonicotinoides.
Pero
el mayor impacto de relaciones públicas ha consistido en la
reformulación del debate sobre la disminución de las abejas para
concentrar la atención únicamente en la amenaza del ácaro Varroa,
un parásito nativo de Asia que empezó a propagarse por los Estados
Unidos en la década de 1980. Se sabe que este ácaro infesta
rápidamente las colmenas de abejas y es portador de una serie de
enfermedades infecciosas.
CropLife
America, entre otros grupos respaldados por las empresas fabricantes
de pesticidas, ha financiado la investigación sobre el ácaro en un
intento de enturbiar la discusión en torno a la peligrosidad de los
pesticidas. Otras investigaciones van en otra dirección: los
neonicotinoides hacen de las abejas mucho más susceptibles a las
infestaciones por ácaros y a las enfermedades que conllevan.
Bayer
incluso ha construido una escultura del ácaro Barroa que aparece en
su “Bee Care Center” de Carolina del Norte y en su centro de
investigación de Alemania, exagerando así el papel de estos
parásitos en el colapso de los polinizadores.
Esta
campaña ha tenido tanto éxito que ha conseguido que se mantenga el
mismo nivel de ventas de estos insecticidas neonicotinoides tanto en
la agricultura como en los jardines de los hogares. El resultado: un
mundo inundado de insecticidas y enormes ganancias para empresas como
Syngenta y Bayer, siendo ahora Monsanto una filial suya.
Son
millones de litros de productos químicos los que se aplican
anualmente a 140 cultivos comerciales. En los Estados Unidos, casi
todos los campos de maíz y los dos tercios de los de soja utilizan
semillas recubiertas de neonicotinoides. Este producto químico se
encuentra en los suelos de un lado a otro del país, en las vías
fluviales y en el agua potable. Los insecticidas neonicotinoides son
solubles en agua y se ha detectado en el río American de California,
en el río Waveney de Inglaterra, en el agua del grifo de Iowa y en
cientos de otros arroyos y ríos de todo el mundo. El año pasado en
Brasil, después de que el presidente Jair Bolsonaro aprobara docenas
de nuevos pesticidas, el uso de los neonicotinoides provocó la
muerte de más de 500 millones de abejas en todo el país.
En
el estudio publicado el pasado mes de agosto en la revista revisada
por pares PLOS One se decía que el medio natural de los Estados
Unidos era ahora
48 veces más tóxico para
los insectos que antes de 1990, un cambio que en gran medida se
debe al uso de los neonicotinoides.
Las
abejas melíferas han captado hasta ahora toda la atención sobre los
peligros de los insecticidas neonicotinoides, pero no es la única
especie en declive. Hay otras especies también en peligro, como
otras abejas no melíferas, mariposas, efímeras, libélulas,
anfípodos (un crustáceo) y diversos insectos acuáticos, así como
las lombrices de tierra y otros invertebrados. Varias especies de
abejorros se están extinguiendo, tanto en Europa como en los Estados
Unidos, una desaparición que según los investigadores está
relacionada con los neonicotinoides y otros insecticidas.
Otro
estudio publicado en el mes de septiembre en la revista Science
señalaba que los pájaros cantores que emigran habían sufrido una
rápida pérdida de peso tras el consumo de sólo una o dos semillas
tratadas con neonicotinoides. Estudios anteriores habían establecido
una relación entre la disminución aves en los Países Bajos y el
colapso de los insectos, pero este estudio de Science proporciona una
relación directa entre las aves y estos productos químicos.
Otro
estudio reciente publicado en Nature’s Scientific Reports
mostraba que los neonicotinoides quizás estén provocando defectos
de nacimiento en los ciervos de cola blanca, siendo la primera vez
que una investigación conecta a este compuesto químico con el
peligro que supone para los grandes mamíferos.
Los
científicos están estudiando ahora más cerca el potencial impacto
de los insecticidas neonicotinoides en los seres humanos y en otros
mamíferos.
“Las
abejas son los canarios de los maizales, los insectos que nos indican
que los pesticidas están provocando una extinción”, dijo Lisa
Archer, directora del programa de alimentos y agricultura de Amigos
de la Tierra.
Dave
Goulson, profesor de biología de la Universidad de Sussex, dijo a
The Intercept: “Creo que estamos llegando a un punto de
inflexión en el que la gente empieza a comprender la importancia de
los insectos, la magnitud de su declive, y que bombardear el medio
con pesticidas no es algo ni sostenible ni deseable”.
“Creo
que estamos llegando a un punto de inflexión en el que la gente
empieza a comprender la importancia de los insectos, la magnitud de
su declive, y que bombardear el medio con pesticidas no es algo ni
sostenible ni deseable”.
Mientras
tanto, Bayer y Syngenta rechazan que sus insecticidas neonicotinoides
estén provocando daño alguno al medio ambiente: “Los
insecticidas neonicotinoides son herramientas de una importancia
crítica para los agricultores y están aprobados para su uso en más
de 100 países debido a su fuerte perfil de seguridad cuando se usan
de acuerdo con las normas, por ello Bayer sigue apoyando su uso
continuado, a pesar de que la fabricación de insecticidas
neonicotinoides no es una parte importante de su negocio”, dijo
Susan Luke, portavoz de Bayer Crop Science North America en una
declaración a The Intercept. Y agrega: “Las afirmaciones de
algunas investigaciones en las que se cuestiona la seguridad de los
neonicotinoides comparten los mismos errores, tales como los niveles
de exposición que exceden con mucho los niveles del mundo real, y la
idea errónea de que la exposición a sustancias que se aplican en el
medio ambiente son necesariamente perjudiciales, y no es así, pues
de lo contrario nadie se bañaría en aguas con cloro o tomaría
cafeína con el café”.
“Desde
que se introdujeron los neonicotinoides en la década de 1990, las
colonias de las abejas melíferas han aumentado en los Estados
Unidos, Europa y Canadá, y, de hecho, en todo el mundo. La mayoría
de los científicos y expertos coinciden en señalar que la salud de
las abejas depende de múltiples factores, tales como parásitos,
enfermedades, el hábitat, la nutrición, el clima y las prácticas
en el manejo de las colmenas”, afirmó Chris Tutino, portavoz
de Syngenta, en declaraciones a The Intercept.
Tutino,
así mismo, en su correo electrónico señaló que los insecticidas
neonicotinoides como tiametoxam, utilizado en productos de Syngenta
bajo el nombre comercial de Cruiser y Dividend, había sido sometido
a “extensas pruebas para evaluar los efectos en los insectos
polinizadores” y proporcionaba enlaces a cinco estudios, todos
ellos patrocinados o realizados por empleados de Syngenta.
Ninguna
de las dos empresas respondió directamente a las preguntas sobre el
papel de los insecticidas neonicotinoides en la disminución de las
mariposas, libélulas y otras especies de insectos más allá de las
poblaciones de abejas. Ambas empresas destacaron su labor de
financiación de investigaciones sobre las enfermedades de las
abejas.
Estos
comentarios de la industria química fueron puestos en entredicho por
Willa Childres, organizadora de Pesticide Action Network North
America.
Si
bien es cierto que la cantidad de colmenas para las abejas melíferas
está creciendo, esto se debe al interés que tienen para la
polinización de una amplia variedad de cultivos de la agricultura
estadounidense, dijo Childress, Los apicultores, de promedio, pierden
alrededor del 40 al 50% de sus colmenas cada año, algo que está muy
por encima de la media histórica, que se sitúa en el 10%. Muchos
apicultores que se dedican a la comercialización de la miel se ven
obligados a dividir sus colmenas y comprar reinas para mantener la
población de abejas, y muchos dependen de las ayudas
gubernamentales.
“Así
que no, a las abejas no les va mejor que nunca. Los científicos
están de acuerdo en que son varios los factores que intensifican el
declive de los polinizadores, incluyendo que las empresas químicas
se olvidan de mencionar, el uso de pesticidas”, dijo
Childress.
“Quizás
las abejas no se extingan en lo que duren nuestras vidas, sin embargo
los datos sobre las abejas nativas y otros polinizadores silvestres
son mucho más apocalípticos que los datos, ya de por sí
preocupantes, sobre la pérdida de las abejas melíferas. Un número
sin precedentes de polinizadores se enfrentan a una masiva extinción,
y tenemos datos muy limitados sobre otros polinizadores que también
están en riesgo”.
Parecía
que no iba a pasar mucho tiempo antes de que fuese restringido el uso
de los insecticidas neonicotinoides en los Estados Unidos.
Esa
presión por reducir su uso comenzó en 2010 cuando Tom Theoblad, un
apicultor de Boulder, Colorado, consiguió un estudio de la Agencia
de Protección Ambiental (EPA) que mostraba que los propios
científicos de esta agencia criticaban duramente la investigación
que se había hecho para permitir la comercialización de una de las
líneas más habituales de los productos neonicotinoides.
En
2003, Bayer obtuvo el permiso temporal de la EPA para comercializar
clotianidina, un neonicotinoide muy empleado en el maíz y la colza,
aunque con la condición de que la empresa realizara en el plazo de
un año un “estudio del ciclo de vida” que mostrara cómo el uso
de este insecticida afectaba a las abejas.
Estudio
financiado por Bayer estuvo dirigido por Cynthia Scott-Dupree,
profesora en la Universidad de Guelph, Ontario, que colocó colmenas
en cultivos de colza tratados con clotianidina y en cultivos sin
tratar. Los datos encontraron poca variación entre las poblaciones
de ambos conjuntos de colmenas, pero los investigadores señalaron
más tarde que las colmenas del estudio estaban colocadas sólo a 300
metros una de otra. Las abejas buscan el polen hasta casi 10
kilómetros de distancia de sus colmenas.
Más
tarde, Scott-Dupree fue nombrada para la “Cátedra Bayer
CropScience para el Manejo Sostenible de Plagas” en la Universidad
de Guelph. Las autoridades de las agencias de regulación de Canadá
y de la EPA utilizaron el estudio para permitir su uso incondicional.
Sin embargo, a nivel interno los científicos de la EPA mostraban su
preocupación.
El
informe redactado por dos científicos de la EPA señalaba que el
estudio financiado por Bayer no cumplía con las directrices básicas
para la investigación de los pesticidas y advirtió que la
clotianidina representaba una “fuente de preocupación por el
riesgo que suponía para los insectos no objetivo (es decir, las
abejas melíferas)”.
Pero
un conjunto de nuevos estudios empezaron a señalar problemas con los
neonicotinoides. A pesar de las afirmaciones de que el producto es un
ejemplo de la agricultura de precisión, un número creciente de
investigadores decían que el producto químico se desviaba lejos de
los insectos objetivo, a veces viajando con el viento durante las
operaciones de siembra, permaneciendo en el suelo durante mucho
tiempo, y filtrándose en las vías fluviales y causando serios
problemas a los insectos y otros seres vivos.
En
2014, el represente demócrata por Oregón Earl Blumenauer logró que
se considerase por parte de la EPA la prohibición de aplicar estos
insecticidas. Ese mismo año, en respuesta a las crecientes
controversias sobre el colapso de las abejas y el uso de insecticidas
poco regulados, el presidente Barck Obama emitió un informe llamando
la atención sobre la “significativa pérdida de polinizadores,
incluyendo las abejas melíferas, abejas nativas, aves, murciélagos
y mariposas”.
Grupos
ecologistas se reunieron ante la Casa Blanca exigiendo la tomas de
medidas. Los apicultores y estos grupos presentaron demandas en las
que se cuestionaban los estudios realizados sobre los principales
insecticidas neonicotinoides, alegando que la propia EPA había
violado sus propios protocolos al permitir la comercialización de
estos productos a Bayer y Syngenta. El Servicio de Pesca y Vida
Silvestre de los Estados Unidos anunció que pensaba eliminar de
manera gradual el uso de los neonicotinoides en los refugios
silvestres de la región del Pacífico.
En
todo el país los legisladores de los distintos estados propusieron
proyectos de ley para restringir el uso de los neonicotinoides. En
Minnesota se firmó un proyecto de ley para evitar que los viveros
comercializaran plantas que habían sido tratadas con
neonicotinoides.
Parecía
que el movimiento iba ganando fuerza, y algunos esperaban que en
Estados Unidos se llegara a algo parecido a lo ocurrido en la UE para
regular estos insecticidas tan ampliamente utilizados.
Pero
desgraciadamente poco cambió. Los acuerdos consiguieron reducir el
uso de los neonicotinoides en el mercado minorista, pero se carecían
de mecanismos para restringir su uso en la agricultura. El presidente
Donald Trump revocó la norma del Servicio de Pesca y Vida Silvestre.
Los legisladores de Minnesota también anularon los requisitos
recogidos en el etiquetado para la aplicación de los
neonicotinoides.
En
casi todos los demás estados, con la excepción de Vermont,
Connecticut y Maryland, los grupos de presión de la industria de los
pesticidas y negocios agrícolas consiguieron eliminar cualquier
restricción sobre el uso de estos insecticidas. La comunidad
científica, que en otro tiempo se había ocupado del impacto de los
pesticidas, se dividió y algunos se fueron a trabajar para la
industria y otros hacia organizaciones sin ánimo de lucro
respaldadas por la industria.
Los
críticos con los neonicotinoides rápidamente fueron acallados. En
abril de 2014 el Subcomité de Agricultura de la Cámara de
Representantes sobre Horticultura, Investigación, Biotecnología y
Agricultura, que por entonces estaba presidido por Austin Scott, del
partido republicano de Georgia, convocó una audiencia para tratar
del colapso de los polinizadores. Se contó con la partición de
David Fisher, empleado de Bayer, y de Jeff Stone, del grupo de
presión de los viveros comerciales. Ambos utilizaron dicha audiencia
para advertir del peligro que supondría poner cualquier tipo de
restricción al uso de los neonicotinoides en respuesta al colapso de
las abejas. En tercero en participar, Dan Cummings, representante del
Consejo de la Almendra, un grupo comercial que reúne a los
cultivadores de almendras, se centró en la amenaza que suponía la
presencia del ácaro Varroa.
El
cuarto en participar, el investigador del Departamento de Agricultura
Jeffrey Pettis, el científico que había colaborado con
vanEngelsdorp, señaló que a diferencia de los insecticidas
tradicionales, los neonicotinoides se encuentran en el polen, lo que
aumentaría la exposición de las abejas. Ante las preguntas de
Scott, presidente del comité, Pettis reiteró que incluso sin la
presencia de los ácaros las abejas seguirían en declive y que el
uso de estos insecticidas representa una preocupación “ a un nuevo
nivel”.
Después
de la audiencia, Pettis dijo
en el Washington Post que en conversación privada con Scott,
éste le había criticado por no haber seguido “el guion”.
CropLife
America celebró que la mayor parte de las declaraciones realizadas
en la audiencia se dirigiesen hacia factores no relacionados con el
uso de los insecticidas en relación con el colapso de las abejas:
“Una cosa que esperamos haya quedado clara durante la audiencia
es el compromiso de la industria para abordar estos problemas”,
dijo Jay Vroom que fuera presidente de Crop Life America en una
declaración.
En
los registros de financiación de la campaña aparece que CropLife
America, unas pocas semanas después de la audiencia, a Scott, quien
luego promovió leyes que favoreciesen la utilización de
insecticidas para controlar el ácaro Varroa. Y dos meses después de
la audiencia, según el Washington Post, Pettis fue degradado dejando
de ser administrador del laboratorio apícola de la USDA en
Beltsville, Maryland. Luego Pettis dejó su cargo en la
administración y ahora es presidente de Apimondia.
El
Washington Post también detalla la historia de un destacado
científico de la USDA, Jonatham Lundgren, que investigó los
peligros que supone la utilización de los neonicotinoides para los
insectos polinizadores y habló públicamente de este tema. En 2015,
de repente Lundgren se encontró con un expediente y una
investigación interna del gobierno por mala conducta, una actitud
que él cree se debió a la presión de la industria química por su
papel en la denuncia de los peligros de los pesticidas: “Supongo
que hice las preguntas equivocadas, realizando evaluaciones del
riesgo de los neonicotinoides en muchas de las semillas utilizadas en
los campos de cultivo, diferentes de las utilizadas en todo Estados
Unidos, y cómo estos insecticidas estaban afectando a las especies
no objetivo, como los polinizadores”, nos dijo Lundgren.
La
USDA no ha respondido a las solicitudes de comentarios por parte este
diario, aunque en declaraciones a The Washington Post dijo que el
expediente nada tenía que ver con sus investigaciones, sino por
“conducta impropia de un empleado del gobierno federal” y “por
violar las normas establecidas sobre viajes”.
Lundgren
dirige ahora Blue Dasher Farm en Dakota del Sur, una investigación
que trata de desarrollar un sistema de rotación de cultivos como
forma de aumentar los rendimientos y controlar las plagas de una
forma natural. Hay pocos lugares en los que los investigadores puedan
hacer sus estudios de forma independiente lejos de la influencia de
la industria: “Las universidades se han vuelto dependientes de
la financiación externa, programas enteros financiados por empresas
químicas, las mismas que fabrican los pesticidas”.
“En
Estados Unidos estamos esperando más tiempo que la Unión Europea
para tomar medidas sobre una amplia variedad de pesticidas y otros
productos químicos. Esta diferencia proviene de un sistema
regulatorio en los Estados Unidos que asume que los productos
químicos son generalmente seguros hasta que se pruebe su
peligrosidad. Por el contrario, en Europa se tiene en cuenta el
“principio de precaución”, prohibiendo aquellas sustancias que
puedan causar daño y exigiéndose pruebas de seguridad antes de
permitir que vuelvan a comercializarse”, dijo Childress. Y
continúa: “Otro factor importante es la gran influencia que las
corporaciones tienen en las agencias de regulación estadounidenses.
Por ejemplo, la EPA tiene a 11 miembros ocupando altos cargos que
anteriormente trabajaron a favor de las empresas mineras del carbón
en contra de los criterios sobre el cambio climático”.
La
industria de los pesticidas también tiene una larga historia de
métodos ocultos para desacreditar a sus críticos.
Monsanto
desplegó amplias tácticas agresivas para castigar a los críticos
del herbicida Roundup, el más utilizado en todo el mundo y el
producto estrella de la empresa durante las últimas décadas.
Correos electrónicos difundidos en los diversos litigios en los que
la empresa está envuelta en California sacaron a la luz los
tejemanejes de sus grupos de presión para lanzar una campaña en el
Congreso con el objeto de criticar y dejar sin financiación a los
científicos que habían intervenido en la decisión de la
Organización Mundial de la Salud de considerar el glifosato, el
ingrediente activo de Roundup, como probablemente carcinógeno.
Muchos de esos documentos detallan el papel de Monsanto en la
conformación del discurso público en torno al glifosato, documentos
que fueron publicados en el curso de las demandas colectivas
presentadas por las víctimas de cáncer, que culpan a la empresa de
su enfermedad.
O
el caso de Syngenta con el investigador Tyrone Hayes, de la
Universidad de California, Berkeley, después de que este informa de
las tácticas empleadas por la empresa contra él. Las
investigaciones realizadas por Hayes demostraban que el herbicida más
popular de la empresa, la atrazina, interfería en el desarrollo
sexual de las ranas. La empresa se dedicó a seguir y grabar a Hayes
durante sus conferencias, encargó un perfil psicológico del
profesor y contrató a varios científicos para que dijeran que Hayes
no era creíble y una carga para aquellos científicos que quisieran
trabajar con él. Tales artimañas pretendían acabar con las
investigaciones de Hayes, para ello se coordinaron con científicos
benévolos con la industria, y acabó en un juicio en el que se
alegaba que Syngenta había contaminado con atrazina las fuentes de
agua del entorno.
En
dos demandas contra Syngenta y Monsanto los documentos vienen a
indicar que ambas empresas mantienen relaciones con terceras partes,
entre las que se incluyen expertos y científicos a los que la
industria recurre para obtener apoyo en relaciones públicas.
Muchos
de los grupos e individuos que forman parte de esa lista de expertos
y científicos juegan ahora un papel decisivo en el debate sobre los
neonicotinoides. El Consejo Americano de Salud y Ciencia (ACSH), que
ha dependido de la financiación de Monsanto, Bayer y Syngenta, ha
publicado más de una docena de artículos en los que se pone en
entredicho los peligros que representan los neonicotinoides.
En
un correo electrónico al que se tuvo acceso por una demanda contra
Monsanto y su herbicida Roundup, Daniel Goldstein, empleado de
Monsanto, escribió a sus compañeros lo siguiente: “Puedo
asegurarles que no soy todo oídos sordos a lo que viene de ACSH,
aunque tiene muchos defectos, pero no se habrá empleado de mejor
manera un dólar que invirtiéndolo en ACSH”. En la parte
inferior del correo electrónico se incluían hipervínculos a otros
en lo que se criticaban las pretensiones de regular los herbicidas a
base de glifosato y los insecticidas neonicotinoides.
El
Hearland Institute, uno que está en la lista de terceros a los que
interesa Syngenta, ha recibido donaciones de Bayer y publicado
artículos en los que se ridiculiza las investigaciones críticas con
los neonicotinoides y a los que tacha de “basura”.
“La
industria de los pesticidas está usando tácticas de relaciones
públicas similares a las utilizadas en su día por la industria
tabacalera tratando así de modificar la visión del vínculo entre
los productos que fabrica y el colapso de las abejas y de este modo
retrasar la regulación y seguir obteniendo beneficios”, dijo
Archer, de Amigos de la Tierra, un grupo que ha documentado el
trapicheo de los fabricantes de pesticidas.
Cuando
los insecticidas neonicotinoides llegaron al mercado, de eso hace
tres décadas, se convirtió en el primer insecticida que se
inventaba en los últimos 50 años, y su uso creció rápidamente.
Ya
a finales del siglo XVII los agricultores habían descubierto que
moliendo las plantas de tabaco y extrayendo la nicotina se podían
matar los escarabajos que atacaban a los cultivos. La nicotina actúa
como un insecticida orgánico que actúa sobre los receptores
nerviosos y causa parálisis y muerte de los áfidos, mosca blanca y
otros insectos que devoran las plantas.
Fracasaron
sin embargo los intentos de usar la nicotina como un insecticida de
amplia aplicación. Las primeras investigaciones descubrieron que la
luz disminuía la efectividad de los productos obtenidos a partir de
la nicotina. Pero eso cambió hace tres décadas cuando los
científicos de Nion Bayer Agrochem, una empresa japonesa filial de
Bayer, lograron sintetizar por primera vez los neonicotinoides, un
compuesto que resistía el calor y la luz solar, pero que también
podía aplicarse a la raíz o la semilla de las plantas y seguía
siendo eficaz durante toda el período de desarrollo de esa planta.
Este
nuevo producto químico llegó en el momento adecuado, cuando
agricultores y agencias de regulación estaban buscando alternativas
a otros insecticidas, los organofosfatos, que se había descubierto
que causaban cáncer en los seres humanos. Los estudios iniciales de
los neonicotinoides demostraron que el compuesto era muy tóxico para
los insectos pero que era poco probable que causaran daño a los
mamíferos.
Un
científico de Bayer describía este insecticida en un número de la
revista Science de 1993 como el “compuesto Ricitos de Oro” porque
“no era ni muy duro ni muy blando, sino el insecticida perfecto”.
Y
debido a que las semillas podían ser pretratadas con
neonicotinoides, que eran absorbidos y permanecían en los tejidos,
el néctar y el polen y se
podía producir a escala industrial, proporcionaba
a los cultivos agrícolas una eficiente resistencia frente al ataque
de los insectos sin necesidad de constantes fumigaciones o volver a
aplicar.
En
otras palabras, los agricultores podían aplicar en el suelo y las
semillas grandes cantidades de este compuesto como medida preventiva
frente a las plagas. Esto les permitía ahorrar dinero, pero
estableció las condiciones para que el uso de los pesticidas
aumentase considerablemente y se
hiciese persistente.
Estimación
del aumento en el uso de imidacloprid, un insecticida neonicotinoide,
entre 1994 y 2014.
En
los estados de todo el país hubo que aprobar leyes para restringir
el uso de los neonicotinoide. En Minnesota se firmó un proyecto de
ley para evitar que los viveros comercializaran plantas si antes
habían sido tratadas con neonicotinoides. Sin embargo, los pocos
logros que se habían hecho pronto quedaron atrás y los
neonicotinoides volvieron a aplicarse de forma un tanto
descontrolada.
En
2003, en un foro organizado por Goldman Sachs, Bayer incluyó en su
lista de productos de alto rendimiento a Confidor, Premise y Gaucho,
unos tratamientos que aplicaban en las semillas a base de
neonicotinoides, y que señalaban el camino emprendido por la
empresa. En otra presentación para inversores realizada por
directivos de Bayer en Lyon, Francia, se predijo un rápido
crecimientos de los neonicotinoides y se estimó que la empresa
obtendría en 1998 una facturación cercana a los 400 millones de
euros, que se duplicaría hasta alcanzar los 850 millones en 2010.
“El
imidacloprid es nuestro producto más destacado”, dijo
Friedrich Berschauer, que por entonces era el director de la sección
de pesticidas de Bayer durante una teleconferencia ofrecida en 2008 a
los inversores. La empresa subraya las declaraciones de Berschauer:
En el ejercicio de 2008, la empresa facturó 932 millones de euros de
sus dos principales insecticidas neonicotinoides.
En
el año 2009, el mercado mundial de insecticidas neonicotinoides
extrajo 2.100 millones de dólares en el comercio de pesticidas.
Otras empresas también empezaron a invertir en este sector, caso de
Monsanto, que también ofreció tratamientos para las semillas
basados en los neonicotinoides, productos tales como Acceleron para
el maíz, la soja y el algodón. La empresa suiza Syngenta también
se adentró en este mercado con productos como Actara y Cruiser,
colocándose rápidamente como una principales empresas en
insecticidas junto con Bayer. Muchos de los primeros insecticidas
neonicotinoides ya no están protegidos por patentes, lo que permite
que otras empresas también compitan en este mercado: Valent, BASF
(que adquirió parte de la cartera de neonicotinoides de Bayer como
una condición para la fusión con Monsanto) y Sumitono Chemical, que
se han convertido en importantes productores de neonicotinoides.
Las
primeras restricciones al empleo de los neonicotinoides en la Unión
Europea, que fueron anunciadas a finales de 2013, hicieron saltar
todas las alarmas en la industria: “Debido a las restricciones
hemos dejado de ingresar unos 75 millones de dólares en todo el
año”, dijo John Mack, por entonces director ejecutivo de
Syngenta en una comunicación dirigida a los inversores, refiriéndose
a la disminución de los ingresos debido a esa decisión de la UE.
Sin embargo, los ejecutivos enseguida se apresuraron en señalar que
esas restricciones se habían visto limitadas ya que algunos estados
miembros de la UE obtuvieron exenciones para no aplicar dichas
restricciones.
En
otro comunicado dirigido a los inversores, Mack dijo que “no hay
relación entre el colapso de las abejas y el empleo de los
neonicotinoides”, y recalcó estar seguro de que las agencias
de regulación de los Estados Unidos no adoptarían el enfoque de
Europa.
En
una charla dirigida a los inversores en 2018, Lian Condon, ejecutivo
de Bayer encargado de los pesticidas, advirtió que sólo la
prohibición de los neonicotinoides en Francia había supuesto para
la empresa una reducción en los ingresos de 80 millones de euros.
Las restricciones impuestas “arrastran a la baja nuestros
resultados en Europa”, dijo Condon.
Bayer
ya no desglosa individualmente por productos sus ingresos por las
ventas en sus comunicados dirigidos a los inversores. En informes
anteriores se decía que los neonicotinoides suponían el 20% de su
volumen de negocio. En el informe anual de 2018 el sector de los
insecticidas obtuvo unos ingresos de más de 1300 millones de euros.
Werner
Baumann, presidente del consejo de administración de Bayer, al
anunciar la adquisición de Monsanto en 2016 declaró que el acuerdo
crearía “el primer productor mundial en la industria agrícola”,
suministrando insecticidas y tratamientos para las semillas.
El
mercado mundial de neonicotinoides generó unos ingresos de 4.420
millones de dólares en 2018, aproximadamente el doble de la década
anterior, según las cifras proporcionadas a The Intercept por
Agranova, una empresa de investigación que hace un seguimiento de la
industria.
Las
evidencias de que los neonicotinoides estaban relacionados con la
mortandad de abejas surgieron tan pronto como llegaron al mercado.
En
Francia a principios de los años 90 varias colmenas cercanas a
cultivos en los que se había aplicado un insecticida neonicotinoide
murieron repentinamente, y los apicultores observaron una enorme
mortandad de abejas en las cercanías de los cultivos de girasol
tratados con un producto de Bayer, Gaucho, a base de imidacloprid.
Los
apicultores franceses organizaron una campaña de protestas y
manifestaciones en París y en las afueras de la fábrica de Bayer en
Cormery, en el centro de Francia.
Los
apicultores observaban que las abejas estaban desorientadas y eran
incapaces de alimentarse, se debilitaron hasta tal punto que las
enfermedades e infecciones parasitarias se propagaron rápidamente,
destruyendo las colmenas. Los apicultores encontraban a las abejas
con temblores y caían muertas al suelo, un síndrome que llamaron
“la enfermedad de las abejas local”. Culparon de ello a los
neonicotinoides, pero Bayer sostuvo que estos productos químicos no
causaban ningún daño.
En
1999, ante las crecientes protestas el gobierno francés decidió
prohibir temporalmente el uso del imidacloprid, aunque se siguieron
usando otros neonicotinoides. Continuó la disminución en las
poblaciones de abejas.
En
2008 se observó que en Italia, Alemania y Eslovenia que el empleo de
semillas tratadas con neonicotinoides estaba relacionado con la gran
mortandad de abejas en sus cercanías. En una región de Alemania los
apicultores informaron de la pérdida de 11.500 colonias de abejas
tras el cultivo de colza con semillas tratadas con neonicotinoides.
Otras observaciones similares se han hecho en todo el continente, lo
que ha llevado a una restricción temporal de insecticidas
neonicotinoides en los tres países.
Al
año siguiente un grupo de 70 científicos, entre los que se
encuentran destacados biólogos, toxicólogos, entomólogos y otros
especialistas de Europa, formaron un Grupo de Trabajo sobre
Plaguicidas Sistémicos, un grupo destinado al estudio de los
neonicotinoides y otros pesticidas sistémicos. Este grupo de trabajo
realiza estudios independientemente de la industria.
Fueron
pasando los años y más investigaciones parecían confirmar que los
insecticidas neonicotinoides no sólo ponían en peligro a los
insectos no objetivo. En la revista Science se publicó un estudio
que confirmaba que las aplicaciones de neonicotinoides reducían la
fertilidad de los abejorros en un 85%. Un grupo ecologista, BugLife,
del Reino Unido, publicó un estudio que reunía las investigaciones
que destacaban que los neonicotinoides parecían que estaban dañando
las poblaciones de abejas melíferas, las abejas nativas y otros
invertebrados no objetivo.
El
Grupo de Trabajo sobre Pesticidas Sistémicos consiguió reunir más
de 1000 estudios revisados por pares, llegando a la conclusión de
que el uso en grandes cantidades de los neonicotinoides, junto con el
fipronil, otro pesticida sistémico, estaba causando “un daño
generalizado y crónico en la biodiversidad a nivel mundial”. El
grupo indicaba además que los neonicotinoides permanecen durante
mucho tiempo en el suelo, contaminando los campos y las vías
fluviales, incluso lejos de los lugares donde se han aplicado,
solicitando por tanto que se redujera urgentemente el uso de estos
productos químicos.
Las
crecientes evidencias en contra del uso de los neonicotinoides llevó
a que la UE actuase: en el año 2012 la EFSA (Autoridad Europea de
Seguridad Alimentaria), la principal agencia de regulación de los
pesticidas de la UE, publicó una evaluación de riesgos en la que se
determinó que los tres insecticidas neonicotinoides más utilizados
suponían riesgos para las abejas. Esto condujo a que la mayoría de
los estados de la UE aprobasen moratorias durante dos años para el
uso de estos insecticidas en los cultivos de floración al aire
libre.
Esta
presión creciente hizo que la industria de los pesticidas hiciera
sus propias investigaciones, siendo una de sus mayores victorias que
lograse captar a la mayoría de los científicos de los Estados
Unidos que se dedicaban a la investigación de las abejas.
Los
primeros titulares en aparecer en los Estados Unidos en relación con
el rápido declive de las abejas aparecieron en 2006 cuando los
apicultores de Pensilvania hablaron de la pérdida de sus colmenas.
También otros apicultores informaron de enormes pérdidas durante el
invierno de ese año, con un promedio en torno al 30%, acabando con
más de una cuarta parte de los 2,4 millones de colonias del país.
La
misteriosa crisis fue calificada por los medios de comunicación como
“problema de colapso de las colonias”. Dennis vanEngelsdorp, que
era inspector jefe de área de las colmenas de Pensilvania y
estudiante de la Universidad Estatal de Pensilvania, se encontraba en
el centro de esta crisis. “Estás muertes tan rápidas es algo
sorprendente”, dijo al Philadelphia Inquirer. Se realizaron
autopsias de las abejas, pero pronto entró en contacto con
apicultores de Georgia, Florida y California que informaban de
pérdidas similares.
Otros
destacados expertos en abejas, incluyendo a vanEngelsdorp, el
entomólogo de la Universidad del Estado de Eashington, Walter
“Steve” Sherppard, y otros científicos trabajaron en la
investigación de esta crisis. “Esto es como C.S.I. pero en el
campo de la agricultura”, dijo unos de los investigadores del
proyecto, W. Ian Lipkin, de la Universidad de Columbia, en una
entrevista en el New York Times.
vanEngelsdorp,
junto con Jerry Hayes, inspector de apicultura de Florida y
presidente de los Inspectores de Apicultura de los Estados Unidos,
fue pionero en realizar encuestas entre los apicultores de todo el
país con la intención de descubrir el origen del colapso de las
abejas. Las abejas se enviaron a laboratorios y fueron examinadas
para determinar la causa de su muerte. vanEngelsdorp creó una
fundación, la Bee Informed Partership, para continuar con las
investigaciones sobre los posibles factores del problema.
En
entrevistas realizadas para los medios de comunicación nacionales,
locales y emisoras de televisión, vanEngelsdorp se convirtió de la
noche a la mañana en una celebridad, apareciendo en 2008 en un
premiado documental, “El
silencio de las abejas”, en el que se le presentaba como líder
en los esfuerzos de investigación sobre el colapso de las colonias
de abejas, y también apareció en una charla que fue muy bien
recibida, “A Plea for Bees”.
En
esta charla, vanEngelsdorp subrayaba que se podían recuperar las
colonias de abejas dividiendo las colmenas en dos o más o comprando
reinas por correo. Pero no solamente desaparecían las abejas
melíferas, sino que el colapso también afectaba a las abejas
nativas, que desaparecían a un ritmo alarmante, sin que ningún
esfuerzo comercial pudiera salvarlas. También desaparecían los
murciélagos y se lamentaba de que “no hubiese dinero para
investigar eso”.
Al
año siguiente, en la cita de septiembre de 2009, apareció
vanEngelsdorp junto a Pettis en la reunión de Apimondia. Durante
este período vanEngelsdorp decía en las entrevistas que podían ser
varios los factores los responsables del colapso de las abejas. Por
ejemplo, en un periódico local de Missouri dijo en 2007 que podía
atribuirse a “ácaros y enfermedades asociadas, alguna
enfermedad patógena desconocida y por envenenamiento producido por
pesticidas”. La investigación que presentó en Apimondia
concluyó que “las interacciones entre los pesticidas y los
patógenos podrían ser un importante factor en el aumento de la
mortalidad en las colonias de abejas melíferas”.
En
los años posteriores, sin embargo, vanEngelsdorp difundió la idea
de que los neonicotinoides no eran los responsables, un cambio en su
retórica que coincidió con las campañas más agresivas de la
industria en respuesta a las demandas para restringir su uso y así
evitar la mortandad de las abejas. En 2013 dijo: “Hombre, los
neonicotinoides pueden convertirse en un problema algunas veces, pero
no siempre, o en mi humilde opinión casi nunca”. Y en el
Raleigh News & Observer: “El debate aún no ha terminado”.
A la Associated Press dijo: “No estoy convencido de que los
neonicotinoides sean los responsables de las pérdidas en las
colonias. En muchos casos (los neonicotinoides) son la alternativa
más segura”, y mostrando su escepticismo respecto a los
intentos de prohibir estos compuestos.
Cuando
se le preguntó por este cambio dijo en un correo electrónico que su
trabajo se ocupaba de las abejas, pero que también le preocupaba las
amenazas que también habían aparecido para otros polinizadores e
insectos. En Maryland escribió: “Las elevadas infestaciones de
ácaros explicarían gran parte de la mortandad (de las abejas de la
miel)”.
“Debo
recalcar que estoy hablando de las abejas melíferas, no de las
nativas, y el objetivo de los insecticidas neonicotinoides en las
abejas no melíferas (las abejas melíferas disponen siempre de un
fuerza de trabajo de reserva, de modo que si se pierde una parte de
ellas no tiene consecuencias, ya que son insectos sociales, algo que
no hacen otras abejas no melíferas) es mucho más pronunciado, y por
tanto, preocupante”, dijo vanEngelsdorp.
En
ese momento vanEngelsdorp se incorporó al Consejo Asesor de las
Abejas Melíferas de Monsanto, una entidad respaldada por la empresa,
y apareció como representante de la empresa en 2013 durante la
Cumbre de la Salud de las Abejas Melíferas. Ese mismo año, el
Proyecto Apis mellifera, una fundación financiada en parte por
Bayer, donó a la organización de vanEngelsdorp al menos la cantidad
de 700.000 dólares, de acuerdo con las declaraciones públicas de
impuestos.
En
un correo electrónico, vanEngelsdorp dijo que aunque había recibido
financiación de Bayer “sería difícil argumentar que eso había
influido en su trabajo anterior”. Otras fuentes de
financiación han venido de Costco, que no tiene relación con la
industria agrícola, del Consejo de la Almendra de California y la
Fundación General Mills. También dijo que nunca había recibido
financiación directa de las empresas fabricantes de pesticidas.
En
el marco de su iniciativa Colmenas Saludables de 2020, Bayer ha
financiado con al menos 1,3 millones de dólares al Proyecto Apis
mellifera, siendo Bayer uno de sus principales respaldos económicos,
aunque la empresa no realiza un desglose de las aportaciones
individuales.
El
profesor de la Universidad de Maryland también explicó que se
sintió incómodo al incorporarse al consejo asesor de Monsanto,
dejándolo en 2019.
“El
propósito de este consejo es el de ayudar al desarrollo de nuevas
herramientas para el control de la Varroa, que creo es ella principal
responsable de la pérdida de las colonias de abejas. Así que por mi
parte supuso un dilema cuando me pidieron que me uniera al consejo
asesor (entre los que hay varios apicultores), porque ¿quién quiere
mantener una relación con las grandes corporaciones de los negocios
agrícolas? ¿Me siento en conflicto? Creo por una parte que mi
participación en el desarrollo de mecanismos de control de los
ácaros puede interferir en mi trabajo sobre los factores que
influyen en la salud de las abejas. Pero, no, creo que los datos
están claros”. “El mundo es un lugar enrevesado, lleno de
matices, de modo que pienso que la ciencia al final determinará la
verdad. Espero que la relación siga siendo cordial y respetar que la
gente puede tomar diferentes caminos para llegar a un mismo fin
(salvar a las abejas), que no es algo negativo”. “Soy un
ecologista, que he estado y sigo estando preocupado por la protección
de la tierra y sus biomas. Creo que en todas las entrevistas que me
hacen lo digo claramente, el uso generalizado de las semillas
recubiertas de insecticidas neonicotinoides es una forma miope, de
despilfarro y ambientalmente insostenible. Abogo por su uso prudente,
es decir, cuando sea estrictamente necesario y no en los casos en los
que se considere que no puede serlo. Esto es algo que siempre digo
pero que no se recoge. Es lo que pienso y lo que he pensado durante
mucho tiempo”.
Danielle
Downey, de la ejecutiva del Proyecto Apis mellifera, dijo que el
grupo es “transparente en cuanto a la procedencia de la
financiación y para qué se utilizan los fondos, eso sí,
manteniendo la privacidad de los donantes. El Proyecto Apis mellifera
se mantiene al tanto de los descubrimientos científicos sobre las
enfermedades de las abejas, lo que nos permite apoyar proyectos
relevantes para la industria”, dijo a The Intercept.
Downey
no quiso dar su opinión sobre la regulación de los insecticidas
neonicotinoides, y señaló que “en lo que respecta a las
prohibiciones y regulaciones de los pesticidas, los países toman
diferentes medidas de precaución y evaluación de riesgos, pudiendo
llegar a resultados diferentes”.
En
2013 vanEngelsdorp participó en la redacción de un documento que
resultó muy polémico, ya que en él se afirmaba que el tiametoxam,
un neonicotinoide fabricado por Syengenta, suponía “bajo riesgo
para las abejas melíferas” cuando se aplicaba a los cultivos
de colza o de maíz. En una sección de su sitio web “El declive de
las abejas” (Bee Decline), Syngenta cita dicho estudio para afirmar
que “no hay correlación directa entre el uso de los
neonicotinoides y las enfermedades de las abejas”.
Este
documento también fue aprovechado por Syngenta para solicitar una
exención de la moratoria en el Reino Unido, moratoria que fue
impuesta por la Unión Europea a los neonicotinoides, algo que
posteriormente fue muy criticado. En
un mordaz artículo publicado en Environmental Sciences Europe,
un grupo de entomólogos afirmaba que el estudio en el que participó
vanEngelsdorp no se basaba en datos y metodologías veraces,
argumentando que habían utilizado semillas tratadas pero con
cantidades inferiores a las recomendadas, y que el estudio estuvo mal
diseñado.
Otro
grupo de científicos de la Universidad de St. Andrews, Escocia,
también criticó el estudio en el que participó vanEngelsdorp,
señalando que no se había utilizado un análisis estadístico
normalizado y que las conclusiones se basan en una consideración muy
vaga de los datos. Se burlaban del método utilizado como si éste ya
reflejara “las ideas previas de los involucrados en el estudio”.
La Biblioteca de la Cámara de los Comunes, en un documento en el que
informaba sobre los neonicotinoides, señalaba que el estudio sobre
el tiametoxam tenía falta de rigor y que los cinco autores “eran
empleados o habían sido empleados de Syngenta o que bien habían
sido pagados por esta empresa para realizar este trabajo”.
Van
Engelsdorp también permitió que su nombre fuera utilizado en
defensa de la industria de los pesticidas: CropLife America, Bayer y
Syngenta crearon la Honey Bee Health Coalition, un grupo cuyo
objetivo era el estudio del ácaro Varroa y otras causas no
relacionadas con los pesticidas y el declive de las abejas. El grupo
estaba coordinado oficialmente por el Keystone Policy Center,
supuestamente una entidad independiente, junto con asociaciones de
apicultores y ecologistas. Los registros sin embargo dicen otra cosa:
el Keystone Policy Center estaba financiado en gran medida por las
grandes corporaciones, entre ellas Bayer y Syngenta. Documentos
internos de la Honey Bee Health Coalition muestran que las
comunicaciones dirigidas a los apicultores fueron revisadas por
miembros de las empresas de pesticidas, tales como DuPont, CropLife
America, Syngenta, y la Asociación de Minoristas Agrícolas. Los
agricultores y apicultores pagaban sólo 500 dólares por afiliarse,
mientras que las corporaciones pagaban hasta 100.000 dólares en
concepto de cuotas.
Marques
Chávez, portavoz de Keystone Policy Center, que organiza la Honey
Bee Health Coalition, en declaraciones a The Intercept dijo que el
grupo “estudia las enfermedades de las abejas melíferas y
aborda complejos problemas agrícolas desde diferentes perspectivas”.
En esta declaración no se abordó hasta qué punto tiene
influencia la industria, pero en otro lugar se dice que el grupo
“esboza la estructura y el proceso de adopción de decisiones
utilizado para identificar, perfeccionar y dan conclusión a las
ideas y los productos finales que reflejan las diversas aportaciones
y el esfuerzo de colaboración de nuestros miembros”.
Jerry
Hayes, ex inspector de colmenas de Florida, fue contratado por
Monsanto y se convirtió en representante de la empresa en las
conferencias de apicultores de todo el país y colaboró en la
presentación de la investigación de Monsanto sobre las soluciones
genéticas para las abejas dirigidas a los apicultores escépticos.
Hayes también colaboró en el lanzamiento de la Coalición por la
Salud de las Abejas Melíferas. También consiguió que se
incorporara vanEngelsdorp como uno de los más destacados científicos
en el comité de dirección de la coalición.
No
fueron los únicos: la industria integró a voces de la industria
apícola para convertirse en la cara del nuevo cambio de marca.
Richard Rogers, asesor científico y ex profesor adjunto de la
Universidad de Acadia en Nueva Escocia, realizó una investigación
respaldada por Bayer en Canadá a principios de la década de 2000 en
la que desechaba los peligros que para las abejas suponían los
neonicotinoides aplicados a los cultivos de patatas en la Isla del
Príncipe Eduardo. Roger fue contratado para dirigir la Bayer Bee
Care cuando se inauguró el centro en 2012. La Dra. Helen Thompson,
una destacada agente oficial del medio ambiente del Reino Unido que
se había opuesto a la directiva de la UE para restringir el uso de
los neonicotinoides, también se unió a Syngenta.
El
entomólogo de la Universidad del Estado de Washington, Sheppard, fue
también uno de los destacados científicos del estudio de las abejas
que se sumió en las redes de la industria de los pesticidas. El
mismo año en el que aparece la Coalición por la Salud de la Abejas
Melíferas, Sheppard entró en Bayer para formar parte de un
espectáculo itinerante que la empresa patrocinó, Bee Care Tour.
Algo más tarde ya formaba parte del comité directivo de la
iniciativa de la empresa denominada “Colmenas Saludables 2020”.
Los
correos electrónicos a los que ha tenido acceso The Intercept
muestran una relación amistosa entre los científicos contratados y
las empresas de pesticidas.
En
un intercambio de mensajes con David Fischer, gerente del Centro del
Cuidado de las Abejas de Bayer, se le preguntaba a vanEngelsdorp cómo
responder a los periodistas por sus preguntas relacionadas con la
forma de calcular la pérdida anual de colmenas. El profesor de
Maryland sugiere un método que minimice la pérdida de colmenas en
invierno, teniendo en cuenta las nuevas colmenas que se han separado
de colmenas mayores, aunque tal método que “rebaja la tasa de
pérdidas” ha sido rechazado por los apicultores europeos.
Daniel
Schmehl, empleado de Bayer, solicitó a Sheppard que le proporcionara
información explicando por qué “la asociación con el Centro
de Cuidado de las Abejas de Bayer era importante para su
investigación relacionada con las abejas”, así como otras
informaciones que la empresa pudiera utilizar. Sheppard aparece de
manera regular en los comunicados de prensa y publicaciones de Bayer
como parte del compromiso de la empresa con el bienestar de las
abejas.
En
otro intercambios de mensajes, el exprofesor adjunto de la
Universidad de Acadia, Rogers, y ahora empleado del Centro de Cuidado
de las Abejas de Bayer, escribió en 2015 a Sheppard y Jamie Elli,
profesor adjunto de la Universidad de Florida, para publicar un
“documento sobre qué se entendía por una colonia
saludable de abejas”. Rogers dijo que había trabajado en un
borrador, pero sugirió que “para una visión más ecuánime,
tal vez usted o Steve, o alguien que no forme parte del
personal de Bayer, debería ser el autor más destacado”. Ellis
estuvo de acuerdo y respondió que “entendía su preocupación
ante la posibilidad de que los empleados de Bayer tomarán la
delantera”.
El
distanciamiento de vanEngelsdorp de la preocupación del papel de los
neonicotinoides se ve bien reflejado en otro documental sobre la
difícil situación de las abejas: en 2015 el sitio web
FiveThintyEight produjo una serie de minidocumentales, incluyendo uno
sobre la “Lucha para salvar a la poderosa abeja”. El documental
se presentó en el Festival de Sundance, y sigue la trayectoria de
vanEngelsdorp en su laboratorio de campo, hablando exclusivamente del
ácaro Varroa. A diferencia de sus anteriores apariciones en
documentales sobre el colapso de las abejas, en el documental no se
hace mención de los neonicotinoides ni de ningún otro tipo de
problemas creados por los pesticidas en relación con las
enfermedades de las abejas.
Bayer
se mostró encantada con el documental. Sarah Myers, organizadora de
eventos de la empresa química, pidió permiso a vanEngelsdorp para
que apareciese este documental en su sitio web. VanEngelsdorp le hizo
saber que no era el propietario de los derechos de autor y le dijo
que se pusiera en contacto con FiveThirtyEight. El Centro de Cuidado
de las Abejas de Bayer mostró este documental.
En
otro intercambio de correos con Paul Hoekstra, un empleado de
Syngenta, agradecía a vanEngelsdorp por haber aceptado hablar con
John Brown, un abogado canadiense que estaba interviniendo en una
polémica demanda sobre el registro de los neonicotinoides.
Esta
relación ha continuado. A principios de este mes la Federación
Americana de Apicultura organizó su convención de 2020.El mayor
patrocinador de este evento fue Bayer, en el que la empresa ofreció
una serie de charlas para promocionar su compromiso con el bienestar
de las abejas. Sheppard apareció en un vídeo promocional de Bayer y
entre las presentaciones vanEngelsdorp dio una charla sobre ácaros.
“Mi
relación con Bayer no ha influido en el enfoque de mis
investigaciones”, dijo
Sheppard en una declaración a The Intercept, detallando su trabajo
en el Proyecto Apis mellifera para identificar propuestas de
investigación relacionadas con la salud de las abejas melíferas,
contando con la financiación de un millón de dólares de Bayer.
“No
puedo hablar en nombre de Bayer, pero los proyectos financiados con
sus aportaciones económicas y administrados a través del Proyecto
Apis mellifera parecen no estar relacionados con los intentos de
restringir el uso de los neonicotinoides. No soy tan ingenuo como
para pensar que una empresa tan importante no tiene su agenda de
promoción de sus productos para el control de los insectos. Sin
embargo, y de manera enfática, en el caso de los fondos distribuidos
por el Proyecto Apis mellifera, ni este proyecto ni yo mismo teníamos
esa conexión”.
Jerry
Haye dejó Monsanto hace dos años después de que el proyecto
pareció no funcionar. Ahora trabaja como editor en la revista Bee
Culture.
En
una entrevista, Hayes dijo que se mostraba satisfecho con su trabajo
en la Coalición por la Salud de la Abeja Melífera, incluyendo la
redacción de guías para que los apicultores manejasen las
infestaciones del ácaro Varroa. Y considera además que el esfuerzo
de reunir a diversas partes interesadas en una coalición es un logro
a tener en cuenta. Sin embargo, dijo que las empresas de pesticidas
son las que están en el asiento del conductor: “Creo que
estaban utilizando a este grupo para favorecer sus relaciones
públicas, y ésta es la razón por la que no contamos con dinero de
la industria apícola”. “La industria financia la
organización, financia las reuniones, y todos sabíamos que detrás
debía haber motivos ocultos. Pero sin esos recursos no dispondríamos
de medios para conseguir descubrir las amenazas de las abejas”.
Hayes
dice que ha estado siguiendo los debates en torno a los
neonicotinoides y que le preocupaba el creciente número de estudios
en los que se mostraban las amenazas a los insectos no objetivo,
aunque también le preocupa que las restricciones en el uso de los
neonicotinoides hagan que se reintroduzcan otros pesticidas antiguos
con mayor toxicidad para los mamíferos, y añadió que el excesivo
afán por las ganancias está haciendo que aumente considerablemente
el uso de los neonicotinoides. “Todo se reduce al dinero. Bayer
quiere contentar a sus accionistas”, dijo Hayes.
También
señala que no cree que las opiniones de vanEngelsdorp estén
influenciadas por sus vínculos con la industria: “Es un buen
científico. Los conocimientos científicos cambian con el tiempo, la
ciencia progresa y los datos van mostrando cosas diferentes, pero no
creo que Dennis esté influenciado por el dinero de esa corporación”.
“Pero cuando las empresas químicas apoyan a Dennis porque
puede encontrar soluciones a los problemas de las abejas, eso será
porque les quita presión, ¿no?”.
Después
de un campaña en contra de las restricciones en el uso de los
insecticidas neonicotinoides, Maryland fue de los pocos estados que
aprobó una ley que prohibía los compuestos basados en los
insecticidas neonicotinoides en los productos del hogar. La industria
se opuso incluso a esta ley, aunque no restringía su uso en la
agricultura y extensas áreas. Pues bien, vanEngelsdorp jugó un
papel destacado en el intento de derogar esa legislación.
En
enero de 2016, la Universidad de Maryland celebró una conferencia
que reunió a representantes de empresas e investigadores para hablar
de las soluciones a las crisis de las abejas. Maryland, California,
Massachusetts y otros estados estaban considerando la posibilidad de
restringir el uso de los neonicotinoides. La administración Obama
pensaba reunir a todas las partes interesadas, lo que se conoció
como el Plan de Protección de los Polinizadores, para intentar
resolver el problema.
Los
empleados estatales recurrieron al Keystone Policy Center, la misma
organización financiada por la industria que estaba al frente de la
Coalición por la Salud de las Abejas Melíferas de CropLife, para
gestionar el proceso. VanEngelsdorp hizo una presentación en la que
se podía ver en la parte inferior el logotipo de Monsanto, según
Luke Goembel, un empleado de la Asociación de Apicultores de
Maryland Central. La presentación planteaba que “los ácaros de
la Varroa eran la principal causa del colapso de las colmenas, no los
pesticidas”. Hizo una comparación en tono burlón cuando
mostró un gráfico en el que se mostraba el aumento del número de
piratas con la creciente disminución de las poblaciones de abejas a
lo largo del tiempo, un “intento de presentar que la correlación
no prueba la causalidad y de ridiculizar la preocupación por el
creciente uso de pesticidas”. Dijo Goembel: “Me
sorprendió, porque las revistas publican gran cantidad de
investigaciones que describen muchas vías por las cuales el uso de
los pesticidas, especialmente los neonicotinoides, son responsables
de la pérdida de colmenas”.
A
la cumbre asistieron una amplia gama de conferenciantes, pero los
apicultores se quejaron de que el debate estaba dominado por los
fabricantes de pesticidas. Un conferenciante tras otros iba afirmando
que la disminución de las poblaciones de abejas se debía únicamente
“a los ácaros de la Varroa, no a los pesticidas”, según
Bonnie Raindrop, una afiliada de la Asociación de Apicultores de
Maryland Central, que asistió a la conferencia. Según Raindrop,
sólo una pequeña parte de los asistentes eran apicultores, y a los
que fueron se les mantuvo separados. Del resto dijo: “Eran
personas que no sabían nada sobre las abejas”, incluyendo los
grupos de presión, los profesionales de la jardinería y los
representantes de la agroindustria. “Lo tenían todo muy
controlado, un apicultor en cada mesa, el resto gente de la
industria, y se nos pidió que hiciéramos recomendaciones sobre cuál
debería la política del Plan de Protección de Polinizadores.
Tanto
Raindrop como Goembel sí citaron a los neonicotinoides y otros
pesticidas sistémicos como responsables de la muerte de las abejas,
pero otros participantes en la conferencia les desautorizaron.
Los
moderadores del Keystone Policy Center intentaron por todos los
medios que las discusiones se fijasen en torno a los ácaros
“llegando a decir que los apicultores no eran suficientemente
diligentes como para controlar a los ácaros mediante el uso de
productos químicos”.
Al
preguntarle al portavoz del Keystone Policy Center, Chávez, sobre
las críticas de los apicultores a la conferencia de Maryland, dijo
que la conferencia “había supuesto la divulgación a una amplia
variedad de interesados” y animó a que se leyese el informe
final de las conclusiones de la citada conferencia.
Un
mes después de la conferencia, los legisladores de Annapolis,
Maryland, presentaron un proyecto de ley para prohibir los
insecticidas neonicotinoides. Durante la audiencia en la Cámara de
Delegados, un grupo de opositores, incluidos representantes de la
administración del gobernador republicano Larry Hogan,
representantes de la industria y el propietario de un vivero
comercial, citaron repetidamente la encuesta realizada por el
Keystone Policy Center como prueba de que los investigadores no
creían que los plaguicidas fueran el problema.
Se
citó a vanEngelsdorp por su nombre, afirmando que el profesor de la
Universidad de Maryland había realizado investigaciones que
demostraban que los insecticidas neonicotinoides no suponen una
amenaza para las colmenas de Maryland. En la audiencia, el delegado
estatal Clarence Lam, del partido demócrata, indicó que cientos de
artículos científicos revisados por pares señalaban directamente a
los neonicotinoides como uno de los principales culpables del declive
de las abejas y se burló del intento de la industria de utilizar la
cumbre del Plan de Protección de los Polinizadores como lo que no
se debiera hacer: “Presentar los datos como se ha hecho es un
fraude. Sólo sería algo mejor que presentar los datos de una
encuesta de Facebook y decir que esto es lo que muestran los datos y
lo que la ciencia dice”.
Al
final toda la parafernalia de la industria fracasó y en 2016
Maryland aprobó la Ley de Protección de los Polinizadores. Una
medida similar fue aprobada ese año en Connecticut para restringir
el uso de los neonicotinoides en las plantas con flores, y el año
pasado Vermont también aprobó restricciones en el uso de estos
insecticidas por parte de los consumidores.
Los
organismos reguladores de Oregón, tras las protestas que hubo debido
a un incidente en el que murieron repentinamente 50.000 abejas en un
aparcamiento de Target como resultado de la aplicación de un
insecticida con base en los neonicotinoides, se han movilizado para
impedir que se usasen en los tilos. Pero en la mayor parte del país
no hay limitaciones al uso de este producto químico. Los organismos
reguladores de California también anunciaron que limitarían el uso
que las empresas de pesticidas quisieran hacer de los
neonicotinoides.
Gary
Ruskin, codirector de U.S. Right to Know, un grupo que controla la
influencia de la industria de los pesticidas, que nos proporcionó
algunos correos electrónicos intercambiados entre la industria y los
investigadores, dijo: “Los estrechos vínculos de vanEngelsdorp
con la industria de los pesticidas plantean serias dudas sobre el
valor y la fiabilidad de sus investigaciones”. “A medida que las
empresas se consideran amenazadas por las crecientes evidencias
científicas, buscan nuevas formas de restar credibilidad a cualquier
investigación científica independiente que pueda restarles parte de
sus beneficios. Una manera de hacerlo es cooptar a los científicos
de universidades públicas, aquellos que suelen gozar de cierta
credibilidad entre la gente”.
En
uno de esos correos electrónicos desvelados por el grupo de Ruskin,
vanEngelsdorp escribió a Fischer, el gerente del Centro para el
Cuidado de las Abejas de Bayer, aparentemente irritado porque Bayer
había publicado investigaciones confidenciales de su laboratorio,
alegando que los datos habían sido mal utilizados y publicados sin
permiso: “Los datos del equipo técnico son confidenciales, por
lo que no pueden ser publicados, ¡sobre todo por una empresa
química!”.
En
respuesta, Fischer eliminó esa información del blog de Bayer.
También recordó al profesor de la Universidad de Maryland que Bayer
había invertido importantes recursos financieros en la operación y
que se había convertido en una prioridad para la empresa: “Valoramos
el trabajo que realizamos con usted y con otros investigadores y
partes interesadas que se han comprometido a abordar este importante
problema”.
“Como
usted sabe, la impresión que se da lo es todo”, respondió
vanEngelsdorp.
Nick
Surgey contribuyó con su investigación en la redacción de
este artículo.
Artículos relacionados:
Crisis apícola en España: el rescate de la abeja
Artículos relacionados:
Crisis apícola en España: el rescate de la abeja
------------------------------------