Por
Andre Vltchek, 25 de marzo de 2020
Imagine
que está en Hong Kong, en una ciudad donde "no debería estar",
eso en primer lugar. Está listo para volver a casa, a Sudamérica.
Pero sólo dos días antes de su partida, vía Seúl y Ámsterdam, su
primera aerolínea de Sky Team , Korean Air, decide sin más
preámbulos cancelar todos los vuelos del territorio.
Varios
fanáticos religiosos coreanos, aparentemente, son los culpables.
El
22 de febrero de 2020, Mail Online, informa:
“Más
de la mitad de todos los casos de coronavirus de Corea del Sur están
relacionados con una secta cuyo líder cree que es inmortal”.
Sólo
con leer eso, supe que podría acabar realmente jodido. Nada bueno
viene de los fanáticos ultra-religiosos, y los surcoreanos son
famosos por su extremismo político y religioso.
Pero
eso no es todo. El artículo continuaba:
“Hay
más noticias de brotes en la unidad psiquiátrica de un hospital en
el condado de Cheongdo, infecciones en Busan, y en la isla de Jeju”.
Korean
Air, que se suponía que iba a volar con su glorioso nuevo Boeing
747-8 de Hong Kong a Incheon (aeropuerto internacional de Seúl), ha
estado recortando su servicio, primero reduciéndolo a un Boeing 777,
luego a un Airbus 330, y al final, cancelando todos sus vuelos 3 días
antes de mi partida.
Para
asegurar mi larguísimo viaje, gasté la mayor parte de mis millas de
Sky Team para conseguir billetes de clase ejecutiva.
Había
una razón para ello: No podía ver. Bueno, apenas podía ver nada.
Antes
de Hong Kong, había trabajado en Kalimantan, en la parte indonesia
de Borneo, en una isla que ha sido totalmente saqueada por la
codicia, la corrupción y la ineptitud de los neocolonialistas
javaneses. Una isla en la que la actual administración del
presidente Joko Widodo (conocido como "Jokowi"), está
planeando construir y trasladar la nueva capital, abandonando la
enorme zona urbana de Yakarta, de más de 20 millones de habitantes,
que se está "hundiendo", plagada de innumerables barrios
de tugurios urbanos, falta de saneamiento y de agua potable.
Escribiendo
un libro sobre esta monumental locura, continué investigando. Y en
un momento dado fui atacado, como casi todos los que visitan Borneo,
por varios y despiadados parásitos. Mis tripas se infectaron por
algo terrible, y luego fueron mis ojos. Volé entre Balikpapan y
Pontianak en el Boeing 737 de Lion Air (sí, ese Lion Air, que sigue
abarrotando y estrellando aviones periódicamente, desde el comienzo
de su actividad). No tengo ni idea de si mis ojos fueron afectados
allí, a bordo, o en alguna sucia zanja cerca de las plantaciones de
aceite de palma, donde están cortando lo que queda de la selva
tropical.
Dondequiera
que estuviera, se infectaron. Primero el ojo izquierdo. Era como una
espuma blanca. Sólo podía ver contornos extremadamente abstractos,
como si entre el mundo y yo hubiera una gruesa manta blanca. Tenía
miedo, mucho miedo. No sólo soy escritor y filósofo, sino también
cineasta y fotógrafo. Hacer lo que hago y no ver casi nada es, ya
sabe, bastante aterrador.
Antes
de volar a Hong Kong, donde he estado informando sobre los disturbios
iniciados y financiados por Occidente, me detuve en Bangkok y fui a
una clínica oftalmológica, pero los médicos de allí sólo se
preocuparon porque les pagase. No tenían ni idea de lo que le estaba
pasando a mi ojo.
Luego,
en Hong Kong, como Korean Air había cancelado mi vuelo, mi ojo
derecho también empezó a estar afectado del mismo mal.
Por
la noche, mientras estaba despierto en mi habitación de hotel,
recordé de repente cómo a bordo del Garuda Indonesia, entre
Pontianak y Yakarta, al menos cuatro personas tosían, fuerte y
persistentemente. Nadie las estaba examinando. El gobierno indonesio
había sugerido que la gente rezara para evitar el brote del
coronavirus.
"¿Qué
más?", pensé. "¿También voy a contraer el coronavirus?"
********
Me
negué a rendirme ante esta horrible situación.
Para
entonces sabía que Korean Air estaba decidida a arruinarme. Mientras
Air France (mi compañía aérea Sky Team) y KLM ofrecían un cambio
de ruta y una compensación a sus pasajeros bloqueados en Asia,
Korean Air mostró una clara y vulgar indiferencia. No hizo nada para
ayudarme. Ni siquiera respondió a mis preguntas.
También
era consciente del hecho de que podría tener que viajar, al menos
durante 7 días, a través de varios desvíos, y sin ver casi nada.
Además, con las tripas retorcidas y un ataque diabético que me
había destrozado el cuerpo por el tremendo estrés.
¿Era
peor que estar en Idlib, en Afganistán, o cerca de Mosul después de
haber sido tomada por ISIS?
En
cierto modo, lo era. Estar ciego, perseguido por el nuevo tipo de
coronavirus, con los aeropuertos cerrando uno tras otro, y con los
precios de los billetes de avión por las nubes, todo parecía ser
desmoralizador, deprimente e inquietante.
Por
extraño que parezca, no sentí miedo del COVID-19. Seguí
discutiendo sobre el nuevo tipo de coronavirus con mis colegas
médicos, a través de WhatsApp, hasta que mis ojos se descontrolaron
por completo y se derrumbaron.
Tenía
que llegar a Santiago de Chile, que estaba en el lado totalmente
opuesto del mundo.
Los
médicos occidentales que yo conocía me estaban enviando largos e
inútiles consejos que principalmente repetían la idiotez de "ir
a ver a un médico". Les dije que estaba en Hong Kong, que
estaba sufriendo un cierre casi total. Les dije que ya había ido a
un oftalmólogo tailandés que no tenía ni idea de mi problema.
¡Entonces,
me di cuenta de que no podía confiar en aquellos contra los que
estoy luchando! Necesitaba que los amigos me ayudaran.
Mi
familia se puso en contacto con una doctora siria, experta en
enfermedades infecciosas, y con una hermana de mi amigo en Damasco.
Envié fotos de mis ojos. Ella las vio, me preguntó por los síntomas
y me prescribió unos poderosos antibióticos y gotas orales.
Conseguí convencer a un farmacéutico de Hong Kong para que me
vendiera la medicina sin receta: Le dije que era una cuestión de
vida o muerte. Lo entendió.
Siria
y China me salvaron. La gente se guía por la intuición, no por
reglas rígidas.
Me
iba a casa.
***************
Mis
seres más cercanos y seres queridos me ayudaron en los transbordos.
Llevó días. Fue horrible.
Las
aerolíneas, desde Korean Air hasta Cathay Pacific, comenzaron a
cubrirse las espaldas, tratando de exprimir cada centavo de aquellos
que aún podían y querían volar. Algunos billetes de ida en clase
turista para vuelos de 2 horas se dispararon a 1.600 dólares. La
clase ejecutiva en ciertas rutas se volvió milagrosamente más
barata. Mientras se pudiera buscar, y mientras se pudiera consultar
una pantalla.
Para
evitar la cuarentena, y para salir de Hong Kong, la forma más fácil
era volar en dirección totalmente opuesta a donde yo me dirigía: a
Bangkok, en los Emiratos. Todavía había disponibles algunos
billetes de clase ejecutiva, pero a 600 dólares, cuando normalmente
solían costar menos de 400 dólares. Era una de las últimas formas
que tenía para salir de la ciudad casi bloqueada.
Ocupé
un asiento en el Airbus 380-800. Como pude atravesé el aeropuerto de
Hong Kong que estaba totalmente vacío. Apenas podía ver nada.
Apenas había asientos para descansar en la sala de salidas. Mi
mochila pesaba casi 20 kg, con una cámara profesional, un ordenador
y teléfonos móviles.
No
tengo ni idea de cómo me las arreglé para llegar a mi avión. Con
mis ojos dañados, todavía podía ver esos enormes números que
indicaban las puertas. Me desplomé en mi asiento. El superjumbo
despegó, al sudeste, lejos de donde yo estaba tratando de volar.
Estaba a unos 20 mil kilómetros de Santiago de Chile.
¡Santiago
también estaba sangrando! Sus ojos estaban dañados. La gente estaba
luchando contra el régimen fascista impuesto por Washington, y por
las corporaciones multinacionales, en 1973. Como los míos, sus ojos
estaban inflamados; algunos, más de 300 personas, incluso perdieron
los ojos, ya que fueron atacados por la policía.
A
bordo de mi vuelo a Bangkok, no las tenía todas conmigo de si podría
volver a casa, vivo.
Pero
estaba pasando la noche volando hacia Bangkok. ¿Me dejarían entrar?
Era el primer paso.
**************
Lo
conseguí. Milagrosamente. Deben de haberme visto como una mierda,
pero un oficial de policía fronterizo hostil e insultante estampó
un sello en mi pasaporte, me tomó las huellas dactilares, me
fotografió, y al final, me dejó marcharme.
Eso
fue todo. Hong Kong no sella pasaportes. Oficialmente, mi viaje
comenzaría en Tailandia.
Sólo
disponía de 9 horas en tierra. El aeropuerto estaba misteriosamente
vacío. La gente parecía caminar como por una calle, con máscaras,
incluso con cosas que parecían gafas de esquí. Volví a mi casa
junto al río, sin ni siquiera abrir mi equipaje, me desplomé en mi
cama, pero no pude dormir en toda la noche. Los remolcadores tiraban
de barcazas fantasmagóricas, 31 pisos más abajo. No podía ver las
barcazas, sólo los contornos. Este fue mi primer día de viaje.
Lo
conseguí. Milagrosamente. Deben de haberme visto como una mierda,
pero un oficial de policía fronterizo hostil e insultante estampó
un sello en mi pasaporte, me tomó las huellas dactilares, me
fotografió, y al final, me dejó marcharme.
Eso
fue todo. Hong Kong no sella pasaportes. Oficialmente, mi viaje
comenzaría en Tailandia.
Sólo
disponía de 9 horas en tierra. El aeropuerto estaba misteriosamente
vacío. La gente parecía caminar como por una calle, con máscaras,
incluso con cosas que parecían gafas de esquí. Volví a mi casa
junto al río, sin ni siquiera abrir mi equipaje, me desplomé en mi
cama, pero no pude dormir en toda la noche. Los remolcadores tiraban
de barcazas fantasmagóricas, 31 pisos más abajo. No podía ver las
barcazas, sólo los contornos. Este fue mi primer día de viaje.
Por
la mañana, muy temprano, de alguna manera me las arreglé para
volver al aeropuerto, y volví a facturar mi equipaje hasta Surinam,
ya que era el único aeropuerto de América del Sur, el único en que
pude conseguir gratis (usando mis millas aéreas) billetes de clase
business, al menos desde Seúl. En lugar de cambiar la ruta o
compensarme, Korean Air, que había cancelado brutalmente mis
billetes desde Hong Kong, ahora me cobraba algo absolutamente
ridículo, para ir de Bangkok a Seúl, donde debía coger un vuelo de
KLM a Amsterdam y muchas horas más tarde, a Paramaribo.
Me
tomaron las huellas dactilares y me fotografiaron de nuevo. Tuve que
quitarme los zapatos, precisamente como los señores de EE.UU. han
ordenado. Desbordados a pesar de que los oficiales tailandeses sufren
de complejos de superioridad, subí a un viejo y sucio avión 777-300
de Korean Air. Me precipité en el asiento no cuidado. Sólo eché un
vistazo a la comida (versión barata e incomible de la bibimba), y
dormí durante todo el camino hasta Seúl.
*****************
Coronavirus,
avaricia, capitalismo extremo, grosería: todo se acumuló en este
viaje monstruoso.
Despegando
de Hong Kong y más tarde de Bangkok, sufrí una ceguera casi
absoluta. Pero entonces, los antibióticos prescritos por Damasco
comenzaron a hacer efecto. Eran terribles, pero ya me habían
advertido. O esto o ceguera y niebla blanca, o agotamiento total, un
cuerpo destrozado, pero una visión más clara. Opté por la vista.
Aterricé
en Seúl, como un zombi, con una mochila pesada en la espalda,
tambaleante, casi desesperado.
Mi
equipaje fue trasladado automáticamente hasta Paramaribo, usando el
sistema de Sky Team.
Pero
esto era Corea del Sur. En el mostrador de tránsito me negaron los
pases de embarque: "Pase por seguridad, luego vaya al Salón Sky
Team y espere 8 horas por su vuelo. Le darán las tarjetas de
embarque en la puerta de embarque", me dijeron.
En
el control de seguridad, no podían leer en inglés, o entender lo
que estaba escrito en mis E-tickets. 3 veces me humillaron, yendo y
viniendo entre el mostrador de tránsito y el control de seguridad.
El personal estaba claramente disfrutando del juego, tal vez
esperando a que finalmente me derrumbara. La persona del mostrador de
intercambio se negó a acompañarme al control de seguridad. La gente
de seguridad se negaba obstinadamente a leer en inglés.
Este
fue precisamente uno de esos momentos en los que uno pierde toda
esperanza en la humanidad. Piensas: "¡Tu cuerpo se desplomará!
Te derrumbarás, en cualquier momento. Colapsa y muere". Todo
esto, sólo porque has estado arriesgando tu vida por una pobre,
devastada y enorme isla tropical. Sólo porque algunos fanáticos
religiosos de Corea del Sur se volvieron locos. Sólo por la
indiferencia humana y el racismo. Sólo porque, sólo porque... El
valiente nuevo mundo. La espeluznante realidad de un universo
capitalista de basura de derechas.
Llegué
a la sala, finalmente, moviéndome por un aeropuerto vacío. Todo
estaba cerrado. La sala estaba vacía; no había casi nada para comer
allí. El temor hacia el coronavirus.
En
este momento, todo lo que quería hacer era dormir. Encontré un
hotel de paso y pagué un precio exorbitante por sólo unas pocas
horas de descanso. Me desplomé. Maldije el capitalismo, la codicia y
el colapso de la humanidad.
Sabía
que al entrar en el inquietante mundo de los sueños, o mejor dicho
de las pesadillas, la República Popular China, así como Cuba,
luchaban por nuestra especie humana, contra todos los pronósticos,
contra la monstruosa propaganda procedente de Occidente.
No
tenía derecho a estirar la pata en una maldita habitación de hotel
del aeropuerto de Incheon. China, Cuba, Rusia, Venezuela me
necesitaban. Saludé a mis camaradas, a la antigua usanza, y me quedé
dormido.
*************
El
empleado de Korean Air en la puerta no tenía ni idea de dónde
estaba Paramaribo, o dónde está Surinam. Trabajaba para KLM, pero
llevaba un uniforme de Korean Air.
Le
dije lo que pensaba de Korean Air. Antes de eso, no le había gustado
que volara a "algún Paramaribo", pero después de eso
empezó a despreciarme, abiertamente. El hecho de que yo sea un
miembro destacado de su alianza no significaba nada.
Empezó
a tratarme como si fuera el coronavirus encarnado.
En
ese momento apenas podía verlo. Mis piernas estaban a punto de
colapsar, en cualquier momento. Pero no iba a mostrar debilidad.
Empezó:
"¿Dónde está su visado para Surinam?"
"Aquí",
le respondí.
"¿Qué
es eso?"
"Mi
visa".
"Entonces,
¿dónde está su visado?"
"Mi
visado está aquí".
"Tienes
que mostrármelo".
"Está
delante de ti".
Korean
Air me había robado mi dinero cancelando los vuelos y negándose a
redirigirme. Ahora, estaba destrozando mi salud. Pero, no había
ningún tipo de remordimiento por parte del personal.
Eventualmente,
un supervisor vino y comenzó a maltratarme también.
Le
dije directamente a la cara: "¡Deberías aprender de los
norcoreanos cómo tratan a los visitantes!"
Su
esencia de "apparatchik" hizo efecto. Empezó a amenazarme.
Saqué
cinco tarjetas de prensa: "¿Quiere arrestarme por expresar mi
opinión?"
Empezó
a parecer vacilante. Le pedí su tarjeta de identificación. Dijo que
no tenía. Mentira: en el norte de Asia todo el mundo tiene una.
"¿Es
usted agente de seguridad o personal de una aerolínea?" Le
pregunté, a quemarropa. Sabía que en Corea del Sur era lo mismo.
Finalmente,
me dio mis tarjetas de embarque, junto con una mirada que estaba
llena de odio.
Este
legendario horror racista, al estilo surcoreano, desapareció. Vi la
forma en que se humillaba, inclinándose y besando el culo de sus
compatriotas, los ciudadanos surcoreanos.
Fui
recibido a bordo por una azafata indignada que era originaria de
Surinam: "Ni siquiera sabían que mi país existe, ¿verdad?"
Me dio una palmadita en el hombro".
************
Mientras
Seúl estaba aterrorizada por el coronavirus, los europeos parecían
totalmente indiferentes al posible peligro.
Eso
fue el 3 de marzo de 2020.
Después
de más de 11 horas de vuelo de Seúl a Ámsterdam, el aeropuerto de
Schiphol parecía estar totalmente tranquilo.
Incluso
los pasajeros de Seúl a Ámsterdam parecían tranquilos. Sin
máscaras, sin pánico. Roncando alegremente en el interior.
El
777-200ER aterrizó muy temprano, alrededor de las 5 de la mañana.
Pasé
por seguridad y localicé el Salón Sky Team. Estaba lleno de
excelente comida, pero vacío. Encontré una silla cómoda y me
dormí, casi inmediatamente. Cuando me desperté, la sala estaba
llena; literalmente llena.
Después
de estar acostumbrado a las máscaras que se usan en todo el norte y
sudeste de Asia, lo que me impactó fue la absoluta falta de
protectores faciales en el principal aeropuerto holandés.
La
gente estaba bebiendo, comiendo toneladas, hablando. No había
ninguna sensación de emergencia.
Los
periódicos europeos y norteamericanos, en todos los idiomas, estaban
llenos de titulares sobre el coronavirus. Los que se distribuían
gratuitamente en la sala sólo atacaban a China, evitando total y
extrañamente la absoluta falta de preparación en Occidente.
Incluso
los diarios italianos, al menos en ese momento, no mostraban signos
de preocupación.
No
muy lejos de mí, un grupo de viajeros italianos, charlaban, se
abrazaban, se besaban, tomaban prosecco y café para el desayuno, y
llamaban a casa por el móvil.
Sólo
había un puesto de control de coronavirus poco estricto a la llegada
de Corea del Sur, en ese momento uno de los países más afectados
del mundo.
En
retrospectiva, todo esto era totalmente extraño e irresponsable.
¿Estaba
el sistema médico occidental tan mal preparado? ¿O le habían
dicho, incluso se le había ordenado, que se comportara de esa
manera?
Esperando
mi vuelo a Paramaribo, llamé a mi madre de 84 años, que vive
Alemania, donde está casada.
"Nos
alimentan con tanta basura", me dijo, en ruso. "Quiero
decir, esas cosas que nos dicen a través de los medios de
comunicación. No creo en nada de lo que dicen o escriben",
concluyó. "Todo esto no va a terminar bien."
Y
tenía toda la razón.
***************
La Reina del Cielo,
un majestuoso y viejo Boeing 747-400 despegó a tiempo, hacia
Surinam. Tanto KLM como British Airways seguían volando estos
hermosos aviones, aunque había rumores de que KLM retirará la
mayoría de ellos en 2021.
Este era el último
vuelo del capitán. Dejaba KLM. Las azafatas de vuelo instaron a
todos los pasajeros a escribir algo corto, algo personal. Se suponía
que habría una gran celebración, una gran fiesta, en Paramaribo.
En ese momento, casi
había perdido la conciencia. Mis ojos se aclararon, casi totalmente.
Pero los monstruosos antibióticos y el agotamiento crónico,
doblaron mi cuerpo. Chile parecía estar muy, muy lejos.
De nuevo, sin
máscaras, sin precauciones. El 747 se dirigía al suroeste, lleno de
pasajeros, sin ningún tipo de precauciones médicas.
El avión aterrizó,
y fue fumigado con agua por un camión de bomberos, para celebrar el
último vuelo del capitán.
Sin jet-ways: los
pasajeros tenían que bajar del enorme avión. Los que no pudieron
fueron recibidos por un vehículo especial, que funcionaba como
ascensor, y por un autobús.
Pero el ascensor y
otros vehículos fueron rápidamente movilizados para las
celebraciones del retiro del capitán. Innumerables pasajeros
surinameses que regresaban de Holanda, después de haber sido
tratados en hospitales europeos, esperaban en el ascensor y el
autobús, abandonados por el personal de tierra. Nadie para medir su
temperatura. Nadie para preguntar qué tipo de problemas médicos
estaban sufriendo.
Ya me había
convertido en un zombi. De alguna manera me las arreglé para ir
hasta inmigración, una choza considerada como un aeropuerto.
Casi me derrumbo.
Pedí ayuda, pero un empleado local me dijo: "Si te sientes mal,
ve a buscar ayuda médica". Más tarde, el gerente del hotel me
dijo que este es el "tratamiento habitual que recibe la gente
aquí".
De alguna manera me
estabilicé, poniendo mis manos en un carrito de equipaje. El
universo giraba a mi alrededor.
Mi taxi prepago no
me esperaba. El hotel estaba a unos 50 kilómetros del aeropuerto.
Al final, fui a la
policía del aeropuerto. En lugar de ayudarme, comenzaron un examen
grosero, claramente tratando de extraer algún soborno.
"Me siento muy
mal", dije. No podría importarles menos.
No hicieron
preguntas sobre lo que me había hecho enfermar. ¿Era el
coronavirus? Entonces ya se llamaba COVID-19, y me perseguía
mientras daba la vuelta al mundo.
*************
Filmé
el río y la selva de Surinam, para mostrar el contraste con Borneo.
Surinam
ha sido terriblemente dañado, pero Borneo ha sido arruinado, sin
límite y algunos dicen que irreversiblemente.
Sólo
estuve un día entero. Tuve que trabajar rápido. Mi chófer indio
tuvo que sostenerme mientras trabajaba, de lo contrario me
derrumbaría.
El 5
de marzo, volví al aeropuerto, listo para volar a Belem, Brasil.
Más
humillaciones, sobrecargas, insultos. Quería salir. Y no volver
nunca más. Un día escribiré sobre esas repulsivas 48 horas en
Surinam, pero no ahora.
Un
vuelo de 90 minutos, y todo cambió por completo. Incluso bajo el
gobierno fascista de Bolsonaro, los brasileños eran amables y
solidarios.
Poco
después de que se abriera la puerta del avión en Belem, me pusieron
en una silla de ruedas y pasé por inmigración y otras formalidades.
No hubo sobrecargas, ni humillaciones ni dramas.
Brasil
fue lo que siempre ha sido: un gran país con graves problemas. Pero
un gran país, sin embargo.
Al
día siguiente volé de Belem a Río de Janeiro, vía Brasilia.
Aún
así, casi sin máscaras. Una o dos veces me comprobaron la
temperatura. Eso es todo.
En
Belem, todos los cafés de la costa del Amazonas estaban abiertos.
En
Río, mientras esperaba mi vuelo a Chile, fui al legendario y
abarrotado club Vinicius Bosanova, y al totalmente abarrotado centro
cultural Caso de Chuva, donde Tom Veloso cantaba las canciones de
Gilberto Gil. Sin ninguna precaución, sin máscaras, la gente
apretada como sardinas. La noche del 8 de marzo.
Un
día después, el 9 de marzo, las aerolíneas de Sudamérica
comenzaron a ponerse al día con los juegos turbo-capitalistas. La
LATAM chilena, cuando les pedí un asiento extra para las piernas,
sugirió que pagara 1.500 dólares, por 4 horas a bordo de un pequeño
avión Airbus 320. Naturalmente, me negué.
El
aeropuerto de Santiago se había tomado en serio el coronavirus. Hubo
varios controles. Fin de los juegos.
Fue
entonces cuando empezaron a ocurrir cosas extrañas.
Dos
días después de aterrizar en Santiago de Chile, Sudamérica pasó
de la inactividad a la hiperactividad.
Un
país tras otro comenzaron los bloqueos; desde Argentina a Perú, a
Chile.
Santiago
comenzó a parecerse a un pueblo fantasma. Regiones enteras de Chile
comenzaron a cerrarse.
Necesitaba
recuperarme, rápidamente, y viajar a Venezuela y Cuba, pero se
estaba volviendo completamente imposible.
Llegué,
sobreviví, pero enseguida me quedé en tierra.
***************
De
un extremo a otro. En Sudamérica y en Occidente.
Ante
la terrible emergencia médica, China reaccionó como un país
comunista, que lo es. Se movilizó en nombre del pueblo, y comenzó a
entablar la batalla. Actuó de forma racional y responsable. Nunca
efectuó un cierre total.
Demostró
un gran entusiasmo y disciplina.
Sin
pensarlo dos veces, sacrificó sus intereses económicos, poniendo al
pueblo primero.
Ha
ganado la batalla, venciendo al virus. Casi no hay nuevos casos
ahora. Los hospitales construidos para tratar el coronavirus están
cerrando. Los médicos y el resto del personal médico lo están
celebrando.
Cuba
está cerca de desarrollar una vacuna para el nuevo coronavirus.
China
y Cuba están cooperando. China está enviando aviones con ayuda a
Italia, España y Serbia.
Mientras
tanto, a la gente de ciertos países occidentales se le dice que más
del 80% de sus ciudadanos se infectarán, y que cientos de miles,
incluso millones, ¡morirán!
¿Por
qué?
¿Por
qué demonios?
Algunas
naciones, desde Italia hasta Chile (donde estoy ahora), están
cerrando todo: países enteros, regiones enteras, todo.
En
el punto álgido de la crisis, Pekín estaba abierta, y también lo
estaba Shangai y casi todas las demás grandes ciudades. Los vuelos
llegaban y salían. ¡Qué confianza! ¡Qué éxito!
Una
clara victoria del socialismo sobre el capitalismo.
Basta
con mirar a las naciones occidentales, al sudeste asiático o a
América del Sur; la gente está petrificada. El control de la
población es mucho más brutal que cualquier cosa que se haya
llevado a cabo en China.
¿Y
qué les dicen a los italianos, franceses, británicos y
norteamericanos? ¡Que morirán como moscas! Incluso ahora, cuando
estoy escribiendo este artículo, han muerto más italianos que
chinos. Eso es en una medida per cápita unas 22 veces más. Y en
Occidente, las cosas van cada vez peor.
Y,
hasta ahora, no está claro quién trajo la epidemia a Wuhan, para
empezar. Muchos creen que fue el ejército de los Estados Unidos. Aún
así, China nunca dejó de comportarse como un país
internacionalista.
*************
Durante
mi largo viaje de más de 20.000 kilómetros, he visto un planeta
asustado y dividido.
Y
luego, vi una gran victoria china, y una victoria cubana.
Leí
cómo Cuba ha rescatado a 600 personas atrapadas en un crucero, el MS
Braemar, perteneciente a uno de sus verdugos.
Fui
testigo del pánico en países de extrema derecha como Chile. Estaba
listo para viajar al sur, a la Araucaria, para hablar con los
discriminados indígenas mapuches (según Word no existen, ya que me
da una señal roja de error), pero precisamente esa zona se selló
herméticamente, se cerró, un día antes de mi viaje previsto de 900
kilómetros, y un mes antes del referéndum constitucional previsto.
En
Occidente, y en los países aliados, el coronavirus se ha utilizado
con fines políticos.
Estoy
casi seguro de que las elecciones bolivianas serán "pospuestas",
"por el coronavirus", para evitar que el MAS socialista
recupere el poder.
Estoy
de vuelta en casa, pero el hogar ya no es un verdadero hogar.
El
hogar es ahora China, Cuba, Rusia. Países que luchan contra la
tiranía occidental que está sacrificando millones de vidas humanas.
El
coronavirus es un barómetro del estado del mundo.
Muestra
qué países avergüenzan a la palabra "humanidad" y cuáles
se enorgullecen.
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Publicado por primera vez por 21
Century Wire
Andre
Vltchek es un filósofo, novelista, cineasta y periodista de
investigación. Ha cubierto guerras y conflictos en docenas de
países. Cinco de sus últimos libros son "China Belt and Road
Initiative": Connecting Countries, Saving Millions of Lives,
China and Ecological Civilization con John B. Cobb, Jr, Revolutionary
Optimism, Western Nihilism, la novela revolucionaria Aurora, y
Exposing Lies of the Empire. También vea Ruanda Gambit su documental
sobre Ruanda y la República Democrática del Congo y su
película/diálogo con Noam Chomsky sobre el terrorismo occidental.
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