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Pyotr Kropotkin, 180 años después

 por Sam Ben-Meir, 19 de diciembre de 2022

dissidentvoice.org

El anarquismo es una vertiente del socialismo (entre muchas otras) sobre la que tendremos que volver a pensar, esta vez sin sorna premeditada, quienes deseamos que sobreviva el socialismo o alguna forma comparable de resistencia.

- T.J. Clark, Adiós a una idea

Este 9 de diciembre se cumplieron 180 años del nacimiento de Piotr Kropotkin (1842-1921), el gran anarquista, sociólogo, historiador, zoólogo, economista y filósofo ruso. Ahora, más que nunca, deberíamos recordar, revitalizar y reconstruir creativamente su legado.

Uno podría suponer que un anarquista ruso del siglo XIX no tendría nada que decir que pudiera tener una relación con el mundo actual, que su filosofía política, cualquiera que fuese la relevancia que pudiera haber tenido alguna vez, habría sido superada hace mucho tiempo. Me atrevería a aventurar otro punto de vista: no sólo no podemos justificar el hecho de relegar a Kropotkin en la historia (o peor aún, en el cubo de la basura) de las ideas, sino que se trata de un pensador que sigue estando por delante de nosotros, un pensador cuya visión aún no se ha hecho realidad. Aún no hemos alcanzado a Kropotkin, pero hay indicios de que en el horizonte se vislumbran condiciones más favorables para acoger su pensamiento, y que tal vez se acerque un día en el que incluso podamos empezar a ver sus ideas puestas en práctica a una escala que podría transformar radicalmente nuestras comunidades y, muy especialmente, nuestros lugares de trabajo.

La importancia de Kropotkin para nosotros no ha hecho más que crecer porque las condiciones materiales, la postescasez, los avances tecnológicos, han hecho posible, sin duda por primera vez en la historia, realizar su idea de una creatividad humana sin trabas. Hay un capítulo en La conquista del pan (1892) en el que quiero centrarme porque puede sorprender a quienes no conozcan la filosofía política . El capítulo se titula "Las necesidades de lujo", y su tesis es bastante simple: "Una vez asegurado el pan, el ocio es el objetivo supremo". La comuna anarquista -o lo que hoy se denomina a veces "comunismo de lujo"- reconoce "que, si bien produce todo lo necesario para la vida material, también debe esforzarse por satisfacer todas las manifestaciones de la mente humana."

Podemos estar de acuerdo con Aaron Bastani, quien argumenta en Fully Automated Luxury Communism [Comunismo de lujo totalmente automatizado] (2020) que "existe una tendencia en el capitalismo a automatizar el trabajo, a convertir las cosas que antes hacían los humanos en funciones automatizadas". En reconocimiento de ello, entonces la única demanda utópica puede ser la automatización total de todo y la propiedad común de lo automatizado". Bastani habla de utilizar los niveles de postescasez y automatización que hemos alcanzado para introducir por fin una sociedad libre de trabajos penosos y arduos y en la que se pueda satisfacer toda la gama de gustos.

Dadas las múltiples crisis a las que nos enfrentamos, cuyo nombre general es capitalismo global, ¿cómo deberíamos responder a la famosa pregunta planteada por Lenin: "¿Qué hay que hacer?"? Hay al menos tres principios básicos que pueden derivarse de la obra de Kropotkin, y que pueden y deben guiarnos estratégicamente a medida que avanzamos. El primero es acabar con la tiranía de la propiedad privada, que ha producido hoy una desigualdad económica mayor de la que jamás hemos visto en la historia del mundo. La concentración de capital ha producido una situación en la que un puñado de individuos posee una riqueza superior a la riqueza combinada de los miles de millones de personas que comparten este planeta. Así pues, como también ha reiterado el gran filósofo francés Alain Badiou, nuestro primer principio debe ser el del colectivismo en oposición a la dictadura del capital: "No es necesario que la organización social resida en la propiedad privada y las desigualdades monstruosas".

El segundo principio consiste en democratizar nuestros lugares de trabajo mediante la autogestión de los trabajadores o, más concretamente, mediante lo que el economista Richard Wolff denomina "empresas autodirigidas por los trabajadores": en una palabra, democracia económica. Los experimentos con empresas no tradicionales y no jerárquicas han tenido mucho éxito. Quizá el mejor ejemplo sea la Corporación Mondragón de España, pero hay muchos otros. De modo que ya hemos superado la fase de preguntarnos si esas formas de organización no capitalistas pueden tener éxito y ser competitivas. Se ha demostrado ampliamente que sí pueden.

La reorganización no capitalista de nuestros lugares de trabajo mejoraría sin duda la condición de los trabajadores, que está siendo atacada en todo el mundo. En países de todo el mundo, los dirigentes sindicales son rutinariamente amenazados con violencia o asesinados. De hecho, la Confederación Sindical Internacional informó de que en 2019 se registró "el uso de violencia extrema contra los defensores de los derechos laborales, arrestos y detenciones a gran escala." El número de países que no permiten a los trabajadores establecer o afiliarse a un sindicato aumentó de 92 en 2018 a 107 en 2019. En 2018, 53 miembros de sindicatos fueron asesinados - y en 52 condados los trabajadores fueron objeto de violencia física. En el 72 por ciento de los países, los trabajadores solo tienen un acceso limitado a la justicia o ninguno en absoluto. Como observó Noam Chomsky, "las políticas están diseñadas para socavar la organización de la clase trabajadora y la razón no es sólo que los sindicatos luchan por los derechos de los trabajadores, sino que también tienen un efecto democratizador. Son instituciones en las que la gente sin poder puede reunirse, apoyarse mutuamente, aprender sobre el mundo, probar sus ideas, iniciar programas, y eso es peligroso".

Y tercero, es hora de que reconozcamos, como dijo Badiou dos semanas después de la elección de Trump, "que no hay necesidad de un Estado en la forma de un poder separado y armado." El principio de la libre asociación en oposición al Estado es algo que el anarquismo ha defendido durante mucho tiempo. Pero debemos ser claros en este punto: el anarquismo suele entenderse, si acaso, como una oposición a todo gobierno o al gobierno como tal. De hecho, ésta es una visión erróneamente parcial del anarquismo, y ciertamente no representa una comprensión matizada de Kropotkin, que hizo una distinción clara y nítida entre gobierno y Estado.

El comunismo anarquista se opone al Estado en la medida en que representa el poder centralizado en manos de unos pocos, las relaciones jerárquicas y la dominación de clase. Pero Kropotkin no se oponía necesariamente a una concepción de la sociedad en la que subsistieran ciertos elementos de gobierno comunitario descentralizado. Martin Buber subrayó este punto: La "'anarquía' de Kropotkin, como la de Proudhon, es en realidad 'anocracia'; no ausencia de gobierno, sino ausencia de dominación". El rasgo distintivo de los programas anarquistas no es que los gobiernos estén excluidos del proceso y sin ninguna contribución significativa que hacer. Las características esenciales son el voluntarismo, el antiautoritarismo, la descentralización de la autoridad política, la autogestión de los trabajadores (democracia económica) y, en general, la tendencia a abordar los problemas sociales de abajo arriba, en lugar de imponer soluciones de arriba abajo.

Kropotkin fue una de las mentes más brillantes de Rusia, y una de las más dedicadas a los ideales que corremos el peligro de perder completamente de vista. No hay mejor momento que éste para rescatar lo mejor del pensamiento ruso, para reafirmar su universalidad, su postura inherentemente crítica hacia el autoritarismo y la búsqueda autodestructiva del poder a través de la violencia.

Sam Ben-Meir es profesor adjunto de filosofía en el City University of New York, College of Technology

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