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El hormigón. El arma de construcción masiva del capitalismo

 Frédéric Manzini

philomag.com

El hormigón, como acusado, ¡póngase en pie! Anselm Jappe ha escrito una acusación contra el hormigón en Hormigón. (Arma de construcción masiva del capitalismo) (Pepitas de Calabaza, 2021). El filósofo alemán de inspiración marxista, especialista de Guy Debord y autor de La Sociedad autófaga (Pepitas de Calabaza, 2019), apunta al material más utilizado en la Tierra después del agua, y que además es el preferido de los arquitectos desde hace un siglo. Pero en lugar de elevarse, el hormigón amenaza con derrumbarse, advierte Jappe, cuyo libro se inspiró en el colapso del viaducto Morandi en Génova en agosto de 2018. En lugar de culpar a los ingenieros o a la gestión gubernamental, plantea la hipótesis de que no se trató de un simple accidente: "¿Y si solo fue un presagio?", se pregunta, considerando que existe una correspondencia, un "isomorfismo entre el hormigón y la lógica del valor de mercado". Con fama de ser menos nocivo que el plástico o los pesticidas, el hormigón -o, más exactamente, el hormigón armado- bien podría condensar todos los vicios del capitalismo industrial, desde la obsolescencia programada hasta la producción en serie, pasando por una producción de alto consumo energético que esteriliza el suelo y agota los recursos naturales (en este caso, la arena).

La estética de la deconstrucción. Como reconoce Anselm Jappe en su prólogo: desde su adolescencia siente una aversión muy personal por el hormigón. Es una aversión estética, teñida de nostalgia, al ver cómo se derriban edificios antiguos y se sustituyen por las "horribles" y "gigantescas" construcciones totalmente de hormigón de la "arquitectura moderna". El hormigón aparece menos como material de construcción que como el arma de deconstrucción que las vanguardias aprovecharon para "derribar el viejo mundo y construir uno nuevo". Futurismo, funcionalismo, suprematismo, constructivismo e incluso el bien llamado "brutalismo" se apresuraron a glorificar un material revolucionario, presentándolo como la esencia misma de la modernidad que transmitiría una nueva forma de belleza geométrica y pura, sin adornos e inhóspita. Como hizo Annie Le Brun en su ensayo Lo que no tiene precio (Cabaret Voltaire, 2018), Jappe saluda, por el contrario, la lucidez del libertario inglés William Morris que, desde finales del siglo XIX, comprendió que una arquitectura debía, por el contrario, expresar alegría y generosidad.

Política de la uniformización. Pero detrás de los motivos estéticos se esconden razones políticas, que tienen que ver con las cuestiones específicas del siglo XX. El hormigón se ve como un instrumento de uniformidad al servicio de un "estilo internacional" que supuestamente debe superar los nacionalismos, o de una arquitectura supuestamente progresista. Sin embargo, "aquí como en todas partes, las intenciones emancipadoras de las vanguardias contribuyeron en última instancia a la modernización del capitalismo", lamenta amargamente Jappe. Los millones de viviendas prefabricadas se han taylorizado, estandarizado como "jaulas de conejos", para gran beneficio de la industria inmobiliaria de posguerra, la voracidad de los especuladores y los escándalos colaterales a los que dieron pie. Para colmo de males, los propios pobres empezaron a odiar sus propias casas, que resultaron ser tan desagradables para vivir como baratas de construir.

Moral de la irresponsabilidad. Jappe denuncia también la ceguera de los pensadores que siguen entusiasmados con el genio visionario de Le Corbusier, cuyas "máquinas vivas" y monstruosas "células vivas" encuentra afines al totalitarismo y la eugenesia. Pero al comparar el fascismo de Le Corbusier con el nazismo de Martin Heidegger, Jappe señala una diferencia fundamental: existe una "responsabilidad social" específica del arquitecto cuyas obras estructuran nuestro espacio común. La arquitectura es el único arte que no se puede evitar y al que debemos someternos colectivamente, aunque sea a regañadientes. ¿Tendremos que soportar estos edificios para siempre?

Tal vez no, y ésa es la ironía de la historia. En efecto, construido con arena y propenso a la corrosión debido al metal que contiene, el hormigón armado ni siquiera merece su reputación de durabilidad. Como cuenta Anselm Jappe, la anécdota podría ser risible si no fuera indicativa de una ceguera colectiva: "En los años 80, Burri no dudó en cubrir con hormigón las ruinas de la ciudad siciliana de Gibellina, que había sido destruida y luego abandonada en 1968 tras un terremoto. Esperaba preservar la memoria del lugar. Aunque a algunos pudiera seducirles la idea inicial, esta obra de land art demuestra una vez más que el hormigón envejece mucho peor que las antiguas ruinas que ha cubierto"... Queda por ver cuándo llegará la gran tarde de la degradación anunciada, y con qué se sustituirá el hormigón cuando por fin se abandone.

El hormigón. El arma de construcción masiva del capitalismo, de Anselm Jappe, editado por Pepitas de Calabaza, está disponible aquí.

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