Por Christian Velot*, 24 de abril de 2023
Desde el punto de vista de un genetista molecular, la definición de OGM se aproxima bastante a la que figura en la Directiva europea 2001/18, es decir, cualquier organismo vivo cuyas características genéticas iniciales hayan sido alteradas de forma que se requiera la intervención humana, independientemente de la técnica utilizada.
Inf'OGM - Desde el punto de vista de su disciplina, ¿cómo define un OGM?
Christian Vélot - Desde este punto de vista, hay que señalar que el término "modificado" no es en absoluto apropiado, y que habría sido más juicioso y pertinente hablar de "Organismos Genéticamente Manipulados". En efecto, las modificaciones genéticas -y en particular las transferencias de genes- existen en la naturaleza y constituyen uno de los motores de la evolución, lo que ha llevado a los defensores incondicionales de la transgénesis y otras modificaciones genéticas a afirmar sin pestañear que "la naturaleza no ha hecho otra cosa que fabricar organismos modificados genéticamente desde el principio de la historia del reino vivo" [1]. Sin embargo, estas transferencias naturales (es decir, sin la intervención de la mano del hombre) y la evolución resultante se producen en escalas de tiempo geológicas, con una evolución paralela de todos los elementos de los ecosistemas. Por ejemplo, los humanos tenemos genes de origen bacteriano. Pero sin estos genes bacterianos, nunca habríamos llegado a ser el hombre o la mujer que somos. Todas estas transferencias de genes se produjeron al azar entre organismos que compartían el mismo nicho ecológico, que actuó como un medio de selección al retener sólo las transferencias que estaban mejor adaptadas.
Este larguísimo proceso ha dado lugar a la inmensa diversidad que hoy conocemos, ya sea en el mundo vegetal, animal o microbiano. En cambio, con la transgénesis, no sólo permitimos transferencias de genes entre organismos que nunca se habrían producido de forma natural, sino que también modificamos de repente -en una escala de tiempo extremadamente corta- las propiedades de un organismo dado (es decir, un elemento de un ecosistema elegido por el hombre) de forma dirigida (y ya no aleatoria) para darle una ventaja selectiva particular (elegida por el hombre) en este ecosistema.
Esta planta puede entonces proliferar en detrimento de sus congéneres, así como de otros elementos de su ecosistema, inicialmente tan bien adaptados como ella a este mismo nicho ecológico. El resultado es, por el contrario, un daño directo a la biodiversidad.
Además, mediante la selección masiva, los agricultores sólo han favorecido la reproducción y el desarrollo de plantas y animales con rasgos interesantes, al "forzar la mano" de cruces que podrían realizarse de forma natural (los agricultores no han hecho plantas que no fueran interfértiles). Además, esta selección masiva se realizaba, una vez más, a escalas de tiempo muy grandes, y daba lugar a una multitud de variedades perfectamente adaptadas a los distintos ecosistemas del planeta. En cambio, con las plantas modificadas genéticamente, la ventaja selectiva que confieren los genes introducidos artificialmente sólo puede obtenerse muy a menudo a costa de modificar el ecosistema, en particular mediante el uso de insumos importantes. Este es el caso, por ejemplo, de las plantas que se hacen tolerantes a un herbicida, que sólo pueden mostrar una ventaja selectiva sobre otras plantas en un entorno que contenga este herbicida. Por consiguiente, con la manipulación genética, el entorno se adapta a la planta y no las plantas a su entorno, lo que conduce inevitablemente a una reducción de la biodiversidad mediante la estandarización de los ecosistemas, es decir, exactamente lo contrario de lo que siempre han hecho la naturaleza y la selección masiva.
¿Puede describir este objeto técnico, social y cultural desde este punto de vista?
Los organismos modificados genéticamente se nos presentan sobre todo como productos de la tecnología -las biotecnologías- y "por tanto" sinónimo de progreso. Son fruto de la visión tecnófila en la que están inmersos la mayoría de nuestros políticos y científicos: esa visión fantasmagórica del progreso en la que cualquier avance tecnológico sería sinónimo de progreso social. Renunciar a los OGM sería, pues, adoptar una actitud retrógrada, incluso oscurantista. Las cuestiones cruciales de la utilidad social de los OGM pasan generalmente a un segundo plano. Sin embargo, es la utilidad social la que debería dictar la necesidad y el posible uso de las tecnologías. En cambio, los OGM se hacen por hacer OGM y, para venderlos, se inventa una utilidad social: resolver el hambre en el mundo, producir agrocombustibles (siendo esto totalmente antinómico con lo anterior), producir medicamentos, etc. El escaparate médico se utiliza mucho para conseguir la aceptación social de los OGM agrícolas: si las tecnologías OGM pueden dar una respuesta positiva a los problemas de salud, ¿cómo no iban a ser beneficiosas en el ámbito agrícola?
En cuanto a las alternativas, se ignoran tajantemente cuando no implican tecnología. ¿Tiene que salir de un laboratorio una solución a un problema agronómico para que se considere un progreso? No olvidemos que no fueron los investigadores, ni siquiera los agrónomos, quienes inventaron la agricultura, sino los agricultores, que son, por otra parte, como se ha explicado anteriormente a propósito de la selección masiva, los primeros genetistas del mundo. Y las supuestas "soluciones" que salen de los laboratorios no son soluciones, porque son todo o nada. Al erradicar o neutralizar la acción de insectos, malas hierbas, hongos, bacterias, virus, etc., no hacemos más que desplazar el problema al perturbar el equilibrio en determinados nichos ecológicos o contextos agronómicos. Esto alimenta la carrera desenfrenada que la agricultura y la tecnociencia viven desde hace décadas.
¿Cuáles son los contornos de este objeto social? ¿Cómo situarlo en el contexto global considerando todos los seres vivos?
Las tecnologías OGM se basan en una visión totalmente simplista y mecanicista [2] de los organismos vivos en la que el ADN, en el que los genes constituyen unidades independientes, es el director de la orquesta (el dogma del "gen todopoderoso"). Toda la industria biotecnológica, desde la creación de la primera empresa biotecnológica en los años 70, se ha basado en esta visión simplista y obsoleta de la vida. Modificar una secuencia de ADN equivale a actuar sobre el director de la orquesta y, por tanto, a apropiarse de la nueva música o partitura. Así pues, ¿no basta con modificar una secuencia de ADN en una planta para convertirse en propietario no sólo de la secuencia modificada, sino de toda la planta? Pero esta visión del todo genético triunfante es ahora una negación científica. Sabemos desde hace tiempo que, aunque el ADN es el mismo en todas las células de un organismo pluricelular, éstas adquieren funciones específicas según los tejidos y órganos a los que pertenecen. Por tanto, lo decisivo no es el ADN como tal, sino lo que las células hacen con él: ciertos genes se expresan en determinados tejidos y no en otros, y en determinados momentos del día o de la vida y no en otros. Esta doble regulación espacial y temporal de la función génica está condicionada por señales externas (neuronales, hormonales, nutricionales, ambientales en el sentido más amplio del término), y se conoce como epigenética.
Además de que los genes no son entidades independientes y de que no sabemos casi nada de sus posibles interacciones, su funcionamiento está estrechamente ligado a los ecosistemas en los que viven los organismos vivos. Por consiguiente, pretender, con el pretexto de que el lenguaje genético (es decir, la forma en que se organiza la información biológica en la secuencia del ADN) es casi universal en el mundo vivo, que cualquier manipulación genética está perfectamente dominada, es una negación del conocimiento y una falta total de humildad científica.
Tras la transgénesis y la mutagénesis aleatoria (consistente en modificar al azar y masivamente secuencias de ADN bajo el efecto de agentes químicos o físicos), las nuevas técnicas de manipulación del genoma se suceden a una velocidad espectacular, cada una con nombres más bárbaros que la anterior. Estas técnicas, para las que por supuesto no tenemos retrospectiva, son objeto de todas las fantasías y promesas, ya sea en el ámbito agrícola con la llamada "mejora de las plantas", ya sea en el ámbito médico para resolver las enfermedades genéticas contra las que aún esperamos la realización concreta de los "milagros" de la terapia génica que se alaban desde hace 30 años.
La industria agroalimentaria y de semillas quiere eximir a los productos de estas nuevas técnicas de la legislación sobre transgénicos, considerando las plantas que se derivarán de ellas como convencionales, para que puedan escapar a cualquier reglamentación en materia de evaluación y trazabilidad. Algunos "expertos" intentan justificar científicamente esta operación alegando que estas técnicas son más precisas
que la transgénesis o la mutagénesis aleatoria. Sin embargo, estas nuevas técnicas, incluso si son precisas a nivel de la propia operación molecular -lo que queda por demostrar-, no ofrecen evidentemente ningún control suplementario a nivel de todo el organismo, que además se sitúa en su ecosistema.
Notas:
[1] Le Déaut JY (2005). Los OMG, ¿víctimas expiatorias? Editorial del boletín n°9 sobre las plantas transgénicas, revista de los profesionales de las semillas y de la protección de las plantas (CFS: Confédération Française des Semenciers; GNIS: Groupement National Interprofessionnel des Semences; UIPP: Union des Industries de la Protection des Plantes).
[2] Relacionado con el mecanicismo filosófico, una filosofía de la naturaleza que se esfuerza por explicar todos los fenómenos únicamente mediante las leyes de causa y efecto.
(*) Doctor en Ciencias Biológicas y Médicas,
Genetista molecular en la Universidad de París-Saclay
--------------
