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La pedagogía del poder

 Por Chris Hedges, 10 de septiembre de 2023

scheerpost.com


Las clases dominantes siempre procuran impedir que los oprimidos comprendan cómo funciona el poder. A este asalto ha contribuido una izquierda cultural decidida a desterrar a los filósofos " varones blancos ya muertos".

Estoy en un aula de una prisión de máxima seguridad. Es la primera clase del semestre. Tengo delante a 20 estudiantes. Han pasado años, a veces décadas, encarcelados. Proceden de algunas de las ciudades y comunidades más pobres del país. La mayoría son personas de color.

Durante los próximos cuatro meses estudiarán a filósofos políticos como Platón, Aristóteles, Thomas Hobbes, Nicolás Maquiavelo, Friedrich Nietzsche, Karl Marx y John Locke, a menudo tachados de anacrónicos por la izquierda cultural.

No es que las críticas dirigidas contra estos filósofos sean incorrectas. Estaban cegados por sus prejuicios, como nosotros lo estamos por los nuestros. Tenían la costumbre de ensalzar sus propias culturas por encima de las demás. A menudo defendían el patriarcado, podían ser racistas y, en el caso de Platón y Aristóteles, respaldaban una sociedad esclavista.

¿Qué pueden decir estos filósofos a los problemas a los que nos enfrentamos: la dominación global de las empresas, la crisis climática, la guerra nuclear y un universo digital en el que la información, a menudo manipulada y a veces falsa, viaja por todo el planeta al instante? ¿Son estos pensadores reliquias anticuadas? Nadie en la facultad de medicina lee textos médicos del siglo XIX. El psicoanálisis ha ido más allá de Sigmund Freud. Los físicos han pasado de la ley del movimiento de Isaac Newton a la relatividad general y la mecánica cuántica. Los economistas ya no se limitan a John Stuart Mill.

Pero el estudio de la filosofía política, al igual que el de la ética, es diferente. No por las respuestas, sino por las preguntas. Las preguntas no han cambiado desde que Platón escribió "La República". ¿Qué es la justicia? ¿Todas las sociedades decaen inevitablemente? ¿Somos los dueños de nuestras vidas? ¿O nuestro destino está determinado por fuerzas que escapan a nuestro control, una serie de accidentes fortuitos o desafortunados? ¿Cómo debe distribuirse el poder? ¿Es el buen estadista, como sostenía Platón, un rey filósofo -una versión apenas disfrazada de Platón- que antepone la verdad y el saber a la codicia y la lujuria y que comprende la realidad? ¿O, como creía Aristóteles, el buen estadista es hábil en el ejercicio del poder y está dotado de una deliberación reflexiva? ¿Qué cualidades se necesitan para ejercer el poder? Según Maquiavelo, entre ellas están la inmoralidad, el engaño y la violencia. Hobbes escribe que en la guerra, la violencia y el fraude se convierten en virtudes. ¿Qué fuerzas pueden organizarse para oponer el poder del demos, el pueblo, a los gobernantes, para garantizar la justicia? ¿Cuáles son nuestras funciones y deberes como ciudadanos? ¿Cómo debemos educar a los jóvenes? ¿Cuándo está permitido infringir la ley? ¿Cómo prevenir o derrocar la tiranía? ¿Puede transformarse la naturaleza humana, como creían los jacobinos y los comunistas? ¿Cómo proteger nuestra dignidad y nuestra libertad? ¿Qué es la amistad? ¿Qué es la virtud? ¿Qué es el mal? ¿Qué es el amor? ¿Cómo definimos una buena vida? ¿Existe Dios? Si Dios no existe, ¿debemos atenernos a un código moral?

Estas preguntas resuenan a lo largo de los tiempos, planteadas en épocas y circunstancias diferentes. Los filósofos contemporáneos más radicales, entre ellos Frantz Fanon, autor de Los condenados de la tierra, construyeron sus edificios sobre los cimientos de los filósofos políticos que les precedieron. En el caso de Fanon fue Friedrich Hegel. Como Vladimir Lenin dijo acertadamente de Marx, la mayoría de sus ideas podían rastrearse en filósofos anteriores. Paulo Freire, el autor de "Pedagogía del oprimido", estudió filosofía. Hannah Arendt, autora de "Los orígenes del totalitarismo", se empapó de los antiguos griegos y de Agustín.

"En efecto, es difícil e incluso equívoco hablar de la política y de sus principios más íntimos sin recurrir en cierta medida a las experiencias de la Antigüedad griega y romana, y ello no por otra razón que porque los hombres nunca, ni antes ni después, han tenido en tan alta estima la actividad política y otorgado tanta dignidad a su ámbito", escribe Arendt en "Entre el pasado y el futuro".

Cornel West, uno de nuestros filósofos morales contemporáneos más importantes, que una vez me amonestó por no haber leído al filósofo alemán Arthur Schopenhauer, es tan versado en Søren Kierkegaard, a quien enseñó en Harvard, e Immanuel Kant como en W.E.B. DuBois, Fanon, Malcolm X y bell hooks.

Los antiguos filósofos no eran oráculos. No muchos de nosotros querríamos habitar la república autoritaria de Platón, especialmente las mujeres, ni el "Leviatán" de Hobbes, precursor de los Estados totalitarios que surgieron en el siglo XX. Marx anticipó con clarividencia el poder monolítico del capitalismo global, pero no supo ver que, contrariamente a su visión utópica, aplastaría al socialismo. Pero ignorar a estos filósofos políticos, descartarlos por sus defectos en lugar de estudiarlos por sus ideas, es desvincularnos de nuestras raíces intelectuales. Si no sabemos de dónde venimos, no podemos saber adónde vamos.

Si no podemos plantearnos estas cuestiones fundamentales, si no hemos reflexionado sobre estos conceptos, si no comprendemos la naturaleza humana, nos desempoderamos. Nos convertimos en analfabetos políticos cegados por la amnesia histórica. Por eso es importante el estudio de las humanidades. Y por eso el cierre de departamentos universitarios de clásicas y filosofía es un signo ominoso de nuestra muerte cultural e intelectual.

La teoría política no trata de la práctica política. Trata de su significado. Trata de la esencia del poder, de cómo funciona y cómo se mantiene. La actividad más importante en la vida, como nos recuerdan Sócrates y Platón, no es la acción, sino la contemplación, haciéndose eco de la sabiduría consagrada en la filosofía oriental. No podemos cambiar el mundo si no somos capaces de comprenderlo. Al entender y criticar a los filósofos del pasado, nos convertimos en pensadores independientes en el presente. Somos capaces de articular nuestros propios valores y creencias, a menudo en oposición a lo que defendían estos antiguos filósofos.

En mi primera clase, hablé de la distinción que hace Aristóteles entre el buen ciudadano y la buena persona. La lealtad de la buena persona no es al Estado. La buena persona "actúa y vive virtuosamente y obtiene felicidad de esa virtud". El buen ciudadano, en cambio, se define por el patriotismo y la obediencia al Estado. La buena persona, como Sócrates o Martin Luther King, Jr. entra inevitablemente en conflicto con el Estado cuando ve que éste se aparta del bien. La buena persona suele ser condenada como subversiva. La buena persona rara vez es recompensada o elogiada por el Estado. Estos elogios se reservan para el buen ciudadano, cuya brújula moral está delimitada por los poderosos.

El concepto de buen ciudadano y buena persona fascina a la clase, ya que el Estado ha sido, desde su infancia, una fuerza hostil. El mundo exterior no ve a los encarcelados, y a menudo a los pobres, como buenos ciudadanos. Han sido excluidos de ese club. Como parias, conocen la inmoralidad y la hipocresía del sistema. Esto hace vital la articulación de las cuestiones que plantean estos filósofos políticos.

Sheldon Wolin, nuestro filósofo político contemporáneo y radical más importante, mentor de un joven Cornel West cuando fue el primer candidato negro de la Universidad de Princeton a un doctorado en filosofía, nos proporcionó el vocabulario y los conceptos para entender la tiranía del poder corporativo global, un sistema que él denominó "totalitarismo invertido". Como profesor en Berkeley, Wolin apoyó el Movimiento por la Libertad de Expresión. Mientras enseñaba en Princeton, Wolin fue uno de los pocos profesores que apoyó a los estudiantes que ocupaban edificios para protestar contra el apartheid sudafricano. En un momento dado, me dijo Wolin, los demás profesores del departamento de ciencias políticas de Princeton se negaron a hablar con él.

La crítica radical de Wolin se basaba en estos filósofos políticos, como escribe en su obra magistral, "Política y perspectiva", que están leyendo mis alumnos.

"La historia del pensamiento político", escribe Wolin, "es esencialmente una serie de comentarios, a veces favorables, a menudo hostiles, sobre sus comienzos".

Puedes ver una entrevista de tres horas que le hice a Wolin poco antes de su muerte aquí.

Wolin sostiene que "una perspectiva histórica es más eficaz que cualquier otra para exponer la naturaleza de nuestros predicamentos actuales; si no es la fuente de la sabiduría política, es al menos la condición previa."

El neoliberalismo como teoría económica, escribe, es un absurdo. Ninguna de sus cacareadas promesas es ni remotamente posible. Concentrar la riqueza en manos de una élite oligárquica mundial -el 1,2% de la población mundial posee el 47,8% de la riqueza global de los hogares-, al tiempo que se derriban los controles y las regulaciones gubernamentales, crea una desigualdad de ingresos masiva y un poder monopolístico. Alimenta el extremismo político y destruye la democracia. Pero la racionalidad económica no es la cuestión. El objetivo del neoliberalismo es proporcionar una cobertura ideológica para aumentar la riqueza y el control político de los oligarcas gobernantes.

Este es una cuestión que Marx lleva a primer plano cuando escribe en sus Tesis sobre Feuerbach [Marx no publicó las Tesis sobre Feuerbach durante su vida; éstas fueron editadas después del fallecimiento de Marx por Friedrich Engels y publicadas en 1888 en su obra Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana]:

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual”

            Karl Marx, La ideología alemana, p. 221.

Como ideología dominante, el neoliberalismo ha tenido un gran éxito. A partir de la década de 1970, sus principales críticos keynesianos fueron expulsados del mundo académico, de las instituciones estatales y de organizaciones financieras como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, y excluidos de los medios de comunicación. Wolin, antaño colaborador habitual de publicaciones como The New York Review of Books, se encontró con que, debido a su animadversión hacia el neoliberalismo, tenía dificultades para publicar. A intelectuales farsantes como Milton Friedman se les concedieron tribunas prominentes y cuantiosos fondos procedentes de empresas. Difundieron el mantra oficial de teorías económicas marginales y desacreditadas popularizadas por Friedrich Hayek y la escritora de tercera fila Ayn Rand. Una vez que nos arrodilláramos ante los dictados del mercado y elimináramos las regulaciones gubernamentales, redujéramos drásticamente los impuestos para los ricos, permitiéramos el flujo de dinero a través de las fronteras, destruyéramos los sindicatos y firmáramos acuerdos comerciales que trasladaran los puestos de trabajo a talleres clandestinos en México y China, el mundo sería un lugar más feliz, más libre y más rico. Era una estafa. Pero funcionó.

Las ideas, por muy esotéricas que parezcan al público, importan. Estas ideas dan forma a una sociedad, aunque la mayoría de sus miembros desconozcan los matices y detalles de estas teorías.

"Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando aciertan como cuando se equivocan, son más poderosas de lo que comúnmente se cree", escribe el economista John Maynard Keynes. "De hecho, el mundo se rige por pocas cosas más. Los hombres prácticos, que se creen exentos de toda influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista difunto. Los locos con autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí de algún escritorzuelo académico de hace unos años."

La mayoría de las grandes obras de filosofía política se han escrito durante un periodo de crisis. La descomposición de la sociedad, la guerra, la revolución y el colapso institucional y económico, borran los sistemas de creencias establecidos y vuelven huecos los tópicos y eslóganes utilizados para justificarlos. Estas inestabilidades y vicisitudes hacen surgir nuevas ideas, nuevos conceptos, nuevas respuestas a las viejas preguntas. El pensamiento político, como escribe Wolin, "no es tanto una tradición de descubrimiento como una de significado extendido en el tiempo".

Las respuestas a las preguntas centrales que se plantean los filósofos políticos difieren según las circunstancias. Las respuestas en mi aula de la cárcel no serán las mismas que las de un aula de una universidad de élite en la que los estudiantes proceden de la clase dirigente y pretenden formar parte de ella. Mis alumnos responden a fenómenos muy diferentes. Sus respuestas surgen de las injusticias y el sufrimiento que ellos y sus familias padecen. Son muy conscientes de la perfidia de la clase dominante. La supremacía blanca, la desindustrialización, el colapso del sistema judicial, los ejércitos internos de ocupación que aterrorizan a sus comunidades y la pobreza no son abstracciones. Las soluciones que adopten serán inevitablemente subversivas.

La clase dominante, como las clases dominantes a lo largo de la historia, busca mantener a los pobres y oprimidos sin formación por una razón: no quieren que los marginados por la sociedad reciban el lenguaje, los conceptos y las herramientas intelectuales para defenderse.

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