por Maxime Lerolle, 21 de octubre de 2023
reporterre.net
En “Explotar lo vivo”, Paul Guilibert derriba el falso muro entre ecología y trabajo. Aboga por alianzas entre humanos y animales explotados, para crear un "comunismo de lo vivo".
En 2012, tras años de lucha, los sindicatos de trabajadores, el colectivo Donne per Taranto (Mujeres por Tarento) y organizaciones ecologistas consiguieron condenar a la empresa siderúrgica Ilva y cerrar algunos de los hornos de la acería, que provocaban contaminación. Esta lucha es emblemática de lo que el profesor de filosofía Paul Guilibert llama "la ecología de la clase obrera".
Tal alianza no era evidente, dados los estereotipos que desde hace tiempo se tienen de los ecologistas y los trabajadores de las industrias contaminantes. En su último ensayo, Exploiter les vivants (Explotar lo vivo), publicado por Paul Guilibert (Amsterdam), el autor va en contra de los lugares comunes y aboga por una coalición de intereses obreros y ecologistas capaz de luchar contra el capitalismo en dos frentes. Para el autor, repensar las condiciones de trabajo y proteger el planeta son dos caras de la misma moneda: el objetivo no es otro que reconstruir una sociedad justa y digna, en la que la subsistencia de cada uno de sus miembros esté garantizada sin daños irreparables para el resto del mundo vivo.
La definición de trabajo de Guilibert es precisa pero deliberadamente amplia: además del trabajo mercantil, incluye el trabajo doméstico -principalmente realizado por mujeres-, el trabajo de subsistencia -como la agricultura o la silvicultura- y, en cierta medida, el trabajo realizado por animales domésticos, como los perros guía o las vacas lecheras.
Sin embargo, en las sociedades capitalistas actuales, sólo se valora el trabajo mercantil -competencia tradicional de los hombres-, generalmente en forma de salario, mientras que las actividades domésticas, de subsistencia y otras actividades vitales, que son esenciales para el trabajo mercantil, se excluyen de la esfera del trabajo y, en consecuencia, se consideran gratuitas y de libre apropiación. Para el filósofo, que se inspira en diversas filosofías políticas, desde Marx hasta las ecofeministas contemporáneas, esta devaluación de las actividades llamadas "naturales" -que incluyen animales, mujeres y plantas- se remonta al nacimiento del capitalismo a finales de la Edad Media.
Desde su desarrollo a finales del siglo XV, la ideología del mercado no ha dejado de producir un mundo uniforme a través de esta concepción restrictiva del trabajo. Esto puede resumirse en dos palabras: para generar beneficios, la fuerza motriz del capitalismo, es necesario o bien devaluar el coste del trabajo -pagando a los trabajadores menos de lo que deberían o explotando a esclavos- o bien desacreditarlo como tal -negando el papel socioeconómico de la mujer y explotando los recursos de la tierra sin límite-.
Los animales domésticos como trabajadores alienados
Esta amplia redefinición del trabajo tiene un interés evidente para la ecología. Por un lado, nos permite comprender mejor cómo el capitalismo, primero con la colonización y luego con la industrialización, ha devaluado la naturaleza y la ha convertido en un mero "recurso" a nuestro alcance: extracción de materias primas, deforestación, monocultivos intensivos, etc. Por otro lado, abre el concepto de trabajo a otros actores. Guilibert realiza una amplia reflexión sobre el destino de los animales domésticos -ganado de granjas industriales, animales de tiro, cautivos de zoológicos, etc.-, -a los que no duda en verlos como trabajadores alienados del capitalismo durante su vida y, por tanto, como miembros de un "proletariado ecológico" en vías de reconstitución.
Estos trabajadores emplumados, peludos y escamosos son, a sus ojos, el último estadio del trabajo capitalista: privados por la violencia del derecho a una vida autónoma, se ven obligados, hasta la muerte, a producir valor económico a partir de sus propias condiciones de reproducción. Es el caso de la vaca de granja que es inseminada a la fuerza para producir una leche que ya no asegura la subsistencia de sus crías, sino la rentabilidad del agronegocio.
Es precisamente en este nuevo proletariado ecológico, formado por animales y humanos explotados -alianzas en ciernes-, donde Guilibert ve un punto de partida para desafiar el dominio del capital. En la parte final de su libro, el autor recurre a las tradiciones marxista, ecologista y feminista para proponer un nuevo concepto: el "comunismo de lo vivo". El autor propone una redefinición colectiva del trabajo que vincule la lucha anticapitalista con el cuidado del planeta y sus habitantes.
Desvincular el trabajo asalariado de la subsistencia
Además del ejemplo de Taranto, en los últimos años han surgido varios ejemplos de coaliciones que combinan la justicia medioambiental y la igualdad social, dando una idea del comunismo de los vivos en acción. En California, la Campaña por unos Puertos Limpios y Seguros concilió la lucha contra la contaminación ambiental provocada por los camiones con los derechos de los camioneros, mientras que en Francia el colectivo Plus jamais ça! defendió con éxito la papelera La Chapelle-Darblay.
Ese comunismo de lo vivo permitiría también atacar el principal sostén del trabajo en el sistema capitalista: el vínculo entre el salario y los medios de subsistencia, es decir, el consumo de mercancías, que permite los numerosos chantajes de los proyectos industriales. El comunismo de los vivos, también calificado de "decreciente", debe por tanto " librar la subsistencia del salario, es decir librar la reproducción social de la producción capitalista responsable de la explotación y del ecocidio". Aunque Guilibert profundiza menos en la puesta en práctica de estos conceptos, se pueden relacionar tanto con el salario vitalicio preconizado por Bernard Friot y el Réseau salariat como con el salario doméstico reivindicado por feministas como Silvia Federici en los años setenta. Lo que tienen en común estas dos propuestas políticas es que desvinculan el trabajo asalariado de la subsistencia y garantizan ésta mediante una renta incondicional.
Para apoyar su argumento, Guilibert destaca un punto crucial de convergencia entre las luchas sindicales y las luchas ecologistas: en nuestras sociedades intensivas en carbono, trabajar menos significa producir menos y, por tanto, contaminar menos. El tiempo liberado al eliminar el trabajo innecesario "conduce a una reasignación de los recursos hacia el trabajo ecológicamente útil en lugar de la producción de bienes con un alto valor de cambio". Jardinería, cuidado de los seres queridos, cuidado de un bosque o participación en una asociación local: todas ellas son actividades ecosocialmente útiles en las que podrían invertir los trabajadores liberados del tiempo de trabajo innecesario.
Aunque todavía hay muchas incertidumbres sobre si esa alianza se pondrá en práctica y se mantendrá en el tiempo, la reciente salida de la CGT del colectivo ¡Nunca Más! por un desacuerdo sobre la energía nuclear-, Exploiter les vivants tiene el mérito de enmarcar conceptualmente lo que podría ser una tercera vía para la ecología: ni una "ecología doméstica" liberal, ni una "ecología de la Nación" racial, sino una "ecología de los comunes" radical, la única capaz de aspirar al decrecimiento y la emancipación para todos.
Explotar lo vivo - Una ecología política del trabajo, de Paul Guilibert, publicado por Amsterdam, agosto de 2023, 208 p., 13 euros.
Paul Guillibert es profesor de filosofía de secundaria. Su trabajo se centra en la epistemología del capitalismo y, más concretamente, en los teóricos del análisis sistema-mundo. Es miembro del consejo editorial de la revista Vacarme desde 2012.
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