por Colin Todhunter, 13 de junio de 2022
¿Recuerdan la icónica imagen de Union Carbide de los años 50 o principios de los 60? La de la mano gigante que viene del cielo, vertiendo pesticidas en el suelo de la India.
La propaganda que aparece debajo de la imagen dice lo siguiente:
"La ciencia ayuda a construir una nueva India - La India ha desarrollado nuevos y audaces planes para construir su economía y llevar la promesa de un futuro brillante a sus más de 400 millones de habitantes. Pero la India necesita los conocimientos técnicos del mundo occidental. Por ejemplo, trabajando con ingenieros y técnicos indios, Union Carbide puso recientemente a disposición su caudal de recursos científicos para ayudar a construir una planta de productos químicos y plásticos cerca de Bombay. En todo el mundo libre, Union Carbide ha participado activamente en la construcción de plantas para la fabricación de productos químicos, plásticos, carbones, gases y metales".
En la esquina inferior se encuentra el logotipo de Union Carbide y la frase `La mano de lo que vendrá'.
Esta imagen de la "mano de Dios" se ha hecho infame. La "mano de Dios" de Union Carbide incluye la catástrofe de gas en su planta de pesticidas de Bhopal en 1984. El resultado fueron unos 560.000 heridos (problemas respiratorios, irritación de los ojos, etc.), 4.000 discapacitados graves y 20.000 muertos.
En cuanto a la agricultura de uso intensivo de productos químicos que promovió, ahora podemos ver los impactos: suelos degradados, agua contaminada, enfermedades, endeudamiento y suicidios de agricultores (¡por beber plaguicidas!), cultivos/variedades ricos en nutrientes que se están dejando de lado, una gama más reducida de cultivos, ningún aumento de la producción de alimentos per cápita (al menos en la India), la mercantilización corporativa del conocimiento y las semillas, la pérdida de los conocimientos medioambientales de los agricultores, el deterioro de los sistemas de sabiduría tradicional y la dependencia de los agricultores de las empresas.
Tanto si se trata del tipo de devastación ecológica que el activista y agricultor Bhaskar Save expuso a los responsables políticos en su carta abierta de 2006 como de la agitación social documentada por Vandana Shiva en el libro La violencia de la revolución verde, las consecuencias han sido de gran alcance.
Y sin embargo -ya sea que se trate de nuevas técnicas de ingeniería genética o de más plaguicidas-, los conglomerados agroindustriales no cejan en su empeño de afianzar su modelo de agricultura destruyendo las prácticas agrícolas tradicionales con el objetivo de colocar a más agricultores en las ruedas de molino de las empresas de semillas y productos químicos.
Estas corporaciones han estado presionando para que la Comisión Europea elimine cualquier etiquetado y control de seguridad para las nuevas técnicas genómicas. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó en 2018 que los organismos obtenidos con nuevas técnicas de modificación genética deben ser regulados bajo las leyes de OGM existentes en la UE. Sin embargo, ha habido una fuerte presión por parte de la industria biotecnológica agrícola para debilitar la legislación, con la ayuda financiera de la Fundación Gates.
Desde 2018, las principales corporaciones de la agroindustria y la biotecnología han gastado casi 37 millones de euros en presionar a la Unión Europea. Han mantenido 182 reuniones con comisarios europeos, sus gabinetes y directores generales. Más de una reunión por semana.
En las últimas semanas, el director general de Syngenta (filial de ChemChina), Erik Fyrwald, ha salido a la palestra para presionar cínicamente a favor de estas técnicas.
Pero antes de hablar de Fyrwald, veamos otra figura clave de la agroindustria que ha sido noticia. El ex presidente y director general de Monsanto, Hugh Grant, compareció recientemente ante el tribunal para ser interrogado por los abogados en nombre de un paciente con cáncer en el caso de Allan Shelton contra Monsanto.
Shelton padece un linfoma no Hodgkin y es una de las más de 100.000 personas en Estados Unidos que alegan en sus demandas que la exposición al herbicida Roundup de Monsanto y a sus otras marcas que contienen la sustancia química glifosato les causó cáncer.
Sus abogados argumentaron que Grant participaba activamente y tomaba decisiones en el negocio de Roundup de la empresa y que debía ser obligado a declarar en el juicio.
¿Por qué no? Al fin y al cabo, se lucró económicamente con la venta de veneno.
Bayer adquirió Monsanto en 2018 y Grant recibió un pago estimado de 77 millones de dólares tras la venta. Bloomberg informó en 2017 que Monsanto había aumentado el salario de Grant a 19,5 millones de dólares.
En 2009, los productos relacionados con Roundup, que incluyen semillas genéticamente modificadas desarrolladas para resistir las aplicaciones a base de glifosato, representaban alrededor de la mitad del margen bruto de Monsanto.
Roundup era parte integral del modelo de negocio de Monsanto y de los enormes ingresos de Grant y de su retribución final.
Considere la siguiente cita de un artículo que apareció en el sitio web de Bloomberg en 2014:
“El presidente y director ejecutivo Hugh Grant se centra en la venta de más semillas genéticamente modificadas en América Latina para impulsar el crecimiento de los beneficios fuera del mercado principal de Estados Unidos. Las ventas de semillas de soja y patentes genéticas aumentaron un 16%, y los ingresos de la sección que fabrica el herbicida de glifosato, vendido como Roundup, aumentaron un 24%”.
En el mismo artículo, Chris Shaw, analista de Monness Crespi Hardt & Co, con sede en Nueva York, afirma que "el glifosato ha sido un éxito", es decir, que las ventas de glifosato han supuesto un gran impulso.
Todo bien para Grant y Monsanto. Pero esto ha tenido efectos devastadores en la salud humana. 'El coste humano de los agrotóxicos. Cómo el glifosato está matando a la Argentina', que apareció en el sitio web de Lifegate en noviembre de 2015, sirve como una acusación condenatoria del impulso al "crecimiento de los beneficios" de Monsanto. Además, ese mismo año, unos 30.000 médicos de ese país exigieron la prohibición del glifosato.
Lo esencial para Grant era la maximización de las ventas y los beneficios y la defensa a ultranza del glifosato, sin importar lo cancerígeno que sea para los humanos y, más aún, que Monsanto sabía que lo era.
Noam Chomsky subraya el imperativo comercial:
"... el director general de una empresa tiene en realidad la obligación legal de maximizar los beneficios y la cuota de mercado. Más allá de esa obligación legal, si el director general no lo hace y, digamos, decide hacer algo que, por ejemplo, beneficie a la población y no aumente los beneficios, no va a ser director general mucho más tiempo: será sustituido por alguien que sí lo haga"."
El director general de Syngenta está cortado por el mismo patrón que Grant. Mientras que los crímenes de Monsanto están bien documentados, las transgresiones de Syngenta son menos conocidas.
En 2006, el escritor y activista Dr. Brian John afirmó:
“GM Free Cymru ha descubierto que Syngenta, en su promoción de los cultivos y alimentos transgénicos, ha estado involucrada en una red de mentiras, engaños y comportamiento corporativo obstructivo que habría hecho honor a su competidor Monsanto”.
Hace unas semanas, Fyrwald pidió que se abandonara la agricultura ecológica. En vista de la crisis alimentaria, provocada por la guerra en Ucrania, afirmó que los países ricos tenían que aumentar su producción de cultivos, pero que la agricultura ecológica conducía a rendimientos más bajos. Fyrwald también pidió que la edición de genes sea el centro de la agenda alimentaria para aumentar la producción de alimentos.
Afirmó:
"La consecuencia indirecta es que la gente se muere de hambre en África porque cada vez comemos más productos ecológicos".
En respuesta, Kilian Baumann, agricultor ecológico de Berna y presidente de la Asociación Suiza de Pequeños Agricultores, calificó los argumentos de Fyrwald de "grotescos". Afirmó que Fyrwald estaba "luchando por las ventas".
En el sitio web de GMWatch, Jonathan Matthews afirma que la invasión rusa de Ucrania parece haber envalentonado el alarmismo de Fyrwald.
Matthews afirma:
"Los comentarios de Fyrwald reflejan la determinación de la industria de socavar la estrategia de la Unión Europea "de la tierra a la mesa", que tiene como objetivo para 2030 no sólo reducir el uso de plaguicidas en un 50% y el uso de fertilizantes en un 20%, sino triplicar el porcentaje de tierras de cultivo de la UE bajo gestión ecológica (del 8,1% al 25%), como parte de la transición hacia un "sistema alimentario más sostenible" dentro del Green Deal de la UE".
Y añade:
"Syngenta ve estos objetivos como una amenaza casi existencial. Esto ha llevado a un ataque cuidadosamente orquestado contra la estrategia de la UE".
Los detalles de esta ofensiva de relaciones públicas han sido expuestos en un informe del Corporate Europe Observatory (CEO), un grupo de presión con sede en Bruselas: Un lobby ruidoso para una primavera silenciosa: Las tácticas tóxicas de los grupos de presión de la industria de los pesticidas contra el "Farm to Fork".
Mathews cita investigaciones que demuestran que los cultivos transgénicos no aportan ningún beneficio al rendimiento. También hace referencia a un informe recientemente publicado que reúne investigaciones que muestran claramente que los cultivos transgénicos han provocado un aumento sustancial -no una disminución- del uso de pesticidas. Los nuevos y muy publicitados cultivos modificados genéticamente parecen estar destinados a hacer lo mismo.
Syngenta es una de las empresas criticadas en un informe de la ONU por "negar sistemáticamente los daños" y por sus "tácticas de marketing poco éticas". Matthews señala que la venta de plaguicidas altamente peligrosos es en realidad el núcleo del modelo de negocio de Syngenta.
Según Matthews, incluso con las interrupciones logísticas de las cosechas de maíz y trigo causadas por la guerra en Ucrania, todavía hay suficiente grano disponible en el mercado mundial para satisfacer las necesidades existentes. Dice que la actual crisis de precios (no de alimentos) es producto del miedo y la especulación.
Matthews concluye:
"Si Erik Fyrwald está realmente tan preocupado por el hambre, ¿por qué no ataca el despilfarro que suponen los biocombustibles, en lugar de ir a por la agricultura ecológica? La respuesta obvia es que los agricultores subvencionados para cultivar biocombustibles son grandes consumidores de productos agroquímicos y, en el caso de Estados Unidos, de semillas transgénicas, a diferencia de los agricultores ecológicos, que no compran ninguna de las dos cosas".
Fyrwald tiene un imperativo comercial para presionar a favor de determinadas estrategias y tecnologías. Está lejos de ser un observador objetivo. Y está lejos de ser honesto en su valoración, ya que utiliza el miedo a una crisis alimentaria para impulsar su agenda.
Mientras tanto, los ataques sostenidos a la agricultura orgánica se han convertido en un pilar de la industria, a pesar de los numerosos informes y proyectos de alto nivel que indican que podría alimentar al mundo, mitigar el cambio climático, mejorar la situación de los agricultores, conducir a un mejor suelo, crear empleo y proporcionar dietas más saludables y diversas.
Existe una crisis alimentaria, pero no la aludida por Fyrwald: alimentos con pocos nutrientes y dietas insalubres que están en el centro de una importante crisis de salud pública, una pérdida de biodiversidad que amenaza la seguridad alimentaria, suelos degradados, fuentes de agua contaminadas y agotadas y pequeños agricultores, tan vitales para la producción mundial de alimentos (especialmente en el Sur Global), expulsados de sus tierras y de la agricultura.
La agroindustria transnacional ha presionado, dirigido y se ha beneficiado de las políticas que han causado gran parte de lo anterior. Y lo que vemos ahora es que estas empresas y sus grupos de presión se jactan de una (falsa) preocupación (una cínica táctica de presión) por la situación de los pobres y hambrientos mientras intentan vender su democracia a la UE por valor de 37 millones de euros. Barato a ese precio teniendo en cuenta la bonanza financiera que podrían cosechar sus nuevas tecnologías de ingeniería genética y semillas patentadas.
Diversas publicaciones científicas muestran que estas nuevas técnicas permiten a los promotores realizar cambios genéticos significativos, que pueden ser muy diferentes de los que se producen en la naturaleza. Estos nuevos transgénicos plantean riesgos similares o mayores que los transgénicos antiguos.
Al intentar esquivar la regulación y evitar las evaluaciones de impacto económico, social, medioambiental y sanitario, está claro cuáles son las prioridades de la industria.
Desgraciadamente, Fyrwald, Bill Gates, Hugh Grant y los de su calaña no quieren, y a menudo son incapaces, de ver el mundo más allá de su mentalidad reduccionista, que se limita a considerar las ventas de semillas y productos químicos, el rendimiento y los beneficios de las empresas como la vara de medir el éxito.
Lo que se necesita es un enfoque que sostenga el conocimiento indígena, la seguridad alimentaria local, una mejor nutrición por hectárea, capas freáticas limpias y estables y una buena estructura del suelo. Un enfoque que sitúe la soberanía alimentaria, la propiedad local, las comunidades rurales y las economías rurales en el centro de la política y que nutra la biodiversidad, impulse la salud humana y trabaje con la naturaleza en lugar de destruirla.
El alarmismo de Fyrwald es habitual: el mundo se morirá de hambre sin los productos químicos y las semillas (transgénicas) de las empresas, sobre todo si se impone la agricultura ecológica. Este tipo de cosas han sido la tónica de la industria y de sus grupos de presión y de los científicos de carrera comprados durante muchos años.
Se enfrenta a la realidad, sobre todo a la forma en que ciertas preocupaciones de la agroindustria han formado parte de una estrategia geopolítica de Estados Unidos que socava la seguridad alimentaria en regiones de todo el mundo. Estos intereses han prosperado generando dependencia y se han beneficiado de los conflictos. Además, está el éxito de los enfoques agroecológicos de la agricultura que no necesitan lo que Fyrwald está pregonando.
En cambio, la industria sigue promocionándose como la salvadora de la humanidad, una mano de dios impulsada por un nuevo y valiente mundo tecno-utópico de ciencia corporativa, que vierte venenos y planta semillas de dependencia corporativa con el celo misionero del salvajismo occidental.
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