Es hora de que haya participación pública en la toma de decisiones sobre ciertas tecnologías y prácticas científicas
Un nuevo informe de Beyond GM/A Bigger Conversation sostiene que ha llegado el momento de que haya una participación ciudadana significativa en los procesos de regulación de los productos tecnológicos y praxis científica que afectan a las personas en la conformación de su modo de vida.
Voices for the ground, septiembre de 2022
Prólogo
Cuando se trata de debates y decisiones en torno a los alimentos y los sistemas alimentarios, los ciudadanos (el " público en general") son, posiblemente, el mayor grupo de interesados y al mismo tiempo el más marginado.
Es indiscutible que los ciudadanos deberían tener voz sobre lo que se cultiva y comen y, sin embargo, aunque algunos dicen que el mercado es la mejor manera de que los ciudadanos expresen sus preferencias, sin embargo el poder de compra es un tipo de poder muy limitado.
Se encuentra al final de la cadena alimentaria, cuando todas las decisiones importantes, las que determinan la forma de los cultivos agrícolas, los niveles de transparencia en el sistema alimentario, las concesiones que estamos dispuestos a hacer (o más exactamente, otros están dispuestos a hacer en nuestro nombre) ya se han tomado, en algunos casos de forma irrevocable.
Las consultas públicas se utilizan a menudo como formas de participación pública. Pero como la reciente consulta pública del Reino Unido sobre la regulación de las tecnologías genéticas en el Reino Unido, a menudo son consideras nada más que como una mera opinión pública, y luego son ignoradas. Por ejemplo, en esa consulta el 85% de los encuestados expresó su opinión de que los nuevos organismos modificados genéticamente deberían estar regulados de la misma manera que los demás transgénicos. Menos de un año después, el gobierno elaboró un proyecto de ley en el que se proponía crear una nueva categoría de OGM, que no existe en ningún otro lugar del mundo, el llamado "organismo de precisión" y eliminar prácticamente todo el control reglamentario de estos organismos, en la agricultura y en el mercado. Esta respuesta esencialmente desprecia y se ríe del malestar de los ciudadanos con los cultivos y alimentos modificados genéticamente, eligiendo llamarlos con otro nombre y haciéndolos más difíciles de encontrar en el sistema alimentario.
Los grupos de la sociedad civil, especialmente los que se especializan en temas relacionados con las tecnologías genéticas, pueden utilizar su conocimiento especializado y su cometido público para representar la opinión pública. Pero la realidad es que también suelen estar excluidos de cualquier aportación significativa en la toma de decisiones del gobierno.
Este panorama no es exclusivo del Reino Unido. Actualmente se repite en la Unión Europea, que también está estudiando la regulación de los cultivos y alimentos genéticamente y, por supuesto, es una pauta histórica en las batallas en torno a la regulación en América y en otros lugares. No cabe duda de que la participación del público en el debate no es la panacea. Tampoco es fácil ni rápido. Ni se presenta con garantías. Requiere que nuestras instituciones escuchen, pero también que actúen, sobre opiniones que pueden ir en contra de sus objetivos políticos. Sin embargo, es esencial en una sociedad que se dice democrática. Por lo tanto, emprendimos esta revisión de la literatura para comprender mejor cómo y dónde participan los ciudadanos en el debate sobre la regulación de los cultivos y alimentos modificados genéticamente, y para buscar ejemplos prácticos y reproducibles de cómo se podría hacer.
Hay una enorme cantidad de literatura sobre la necesidad y los beneficios (y riesgos) de la de la participación pública en la regulación de las tecnologías genéticas agrícolas. Se ha escrito mucho sobre el momento óptimo para incorporar a los ciudadanos al debate, sobre lo que constituye el tipo de ciudadano "adecuado" para su inclusión en el mismo y sobre la necesidad de tener en cuenta las diferencias lingüísticas y de prioridades que existen entre los ciudadanos, los políticos y los científicos. A partir de ahí, podemos trazar la historia de la participación ciudadana en esta compleja ciencia. Sin embargo, los ejemplos concretos de participación ciudadana en la práctica, en lugar de ideas abstractas sobre la importancia de la participación ciudadana, son limitados. En parte, esto se debe a que nuestros gobiernos no están estructurados de manera que los ciudadanos participen en la toma de decisiones reales y detalladas, y en parte porque los que tienen el mayor poder de decisión son reacios a compartirlo. Hemos intentado destacar cómo se puede cambiar esta situación.
Esta falta de "receptividad institucional", la capacidad de las grandes instituciones para reflexionar y ser autocríticas y utilizar esas reflexiones como catalizador para el cambio, es un gran obstáculo para la participación de los ciudadanos.
También existen otras barreras: las narrativas dominantes de las instituciones y los medios de comunicación, hasta el punto de convertirse en un "pensamiento de grupo", es una de las principales. La narrativa en torno a la edición genética sugiere que es una cuestión puramente científica que sólo científicos poseen los conocimientos necesarios para abordarlo, es un ejemplo esclarecedor.
Muchos científicos sociales y especialistas en ética se oponen a esta narrativa, señalando que la forma en que cultivamos, compramos y comemos se basan en valores y creencias morales y éticas, sociales y culturales, y que todos ellos tienen un lugar legítimo en la toma de decisiones sobre la regulación. Argumentos creíbles que han tenido poco calado. Un aspecto inquietante de este desequilibrio de poder es que, cuando el compromiso público revela una resistencia a la idea de cultivar o comer plantas o animales genéticamente modificados, esta resistencia no se considera como tal. Por el contrario, se interpreta como una falta de comprensión que puede ser corregida a través de un programa de educación dirigido por los mismos intereses creados que desean ver un mercado más liberalizado para los organismos modificados genéticamente. El hecho de que este "modelo de déficit" siga teniendo peso es tan notable como frustrante.
Al final, los hábitos, las jerarquías y las estructuras de poder que impiden el compromiso de los ciudadanos, están profundamente arraigados. El desprecio por cualquiera que esté fuera de estas estructuras es endémico. La reticencia de los políticos a comprometerse con los ciudadanos también ha sido alimentada por una comunidad activista propensa a la exageración y la caricatura.
El abismo entre estas dos posiciones es tan grande que es casi insuperable. De hecho, tratar de salvar ese abismo es una de las razones por la que iniciamos “Una Conversación más Amplia”. Seguimos comprometidos con la búsqueda de un terreno común para incluir una gama mucho más amplia y significativa de "partes interesadas".
Es fácil apelar a la exigencia de "escuchar las voces de la gente" y actuar de acuerdo con lo que dicen. Mucho más difícil es crear las condiciones para lograrlo. Esto pretende ser una contribución a dicho proceso. Tenemos claro que, a menos que esto ocurra, los conflictos sobre las tecnologías, su regulación y los valores valores ocultos que las conforman, harán tambalearse a estas tecnologías, frustrarán cualquier beneficio que pudieran tener y, sobre todo, degradarán aún más la gobernanza democrática y civilizada de nuestra sociedad.
Pat Thomas y Lawrence Woodward
Directores
A Bigger Conversation
Acceso al informe ( en inglés, pdf)
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